El silencio del Sábado Santo: la «Hora de la Madre»


La Iglesia, como afirma el Missal Romano, «permanece junto al sepulcro del Señor, meditando sobre su Pasión y Muerte, su descenso al reino de los muertos, y esperando con oración y ayuno su Resurrección». Este día sin celebración es, en sí mismo, una celebración: la de la espera.
Y en esta espera, el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia destaca una figura que la liturgia no nombra pero que la tradición siempre ha reconocido: «En María, de acuerdo con la enseñanza de la tradición, está reunido todo el cuerpo de la Iglesia, ella es la colección universal de los fieles. La Virgen María que permanece junto al sepulcro del Hijo es la imagen de la Iglesia Virgen que vigila junto al túmulo de su Esposo, esperando celebrar su Resurrección». El Sábado Santo tiene, en su estructura teológica más profunda, un rostro: el rostro de María.
I. La liturgia del Sábado Santo: lo que la Iglesia calla y lo que confiesa
La singularidad litúrgica del Sábado Santo exige una interpretación. No hay Misa porque el sacrificio ya ha sido ofrecido, «Consummatum est» (Jo 19,30). No hay sacramentos porque los sacramentos son la participación en el misterio pascual, y el misterio pascual aún no está completo: el Resucitado aún no se ha manifestado. La Iglesia vive, en este día, el tiempo más delicado de toda su existencia histórica: el tiempo entre la muerte del Esposo y su Resurrección.
Este «entre» tiene una densidad teológica que Hans Urs von Balthasar fue de los primeros en explorar sistemáticamente. En Mysterium Paschale (1969), él mostró que la descensión de Cristo al sheol, el «lugar de los muertos», no es un intervalo pasivo entre la Cruz y la Resurrección: es el momento en que el amor de Dios desciende hasta el punto más radical de la condición humana. Cristo desciende para que ningún hombre quede definitivamente excluido del alcance del amor trinitario. El silencio del Sábado Santo es el silencio de este amor que trabaja en las profundidades.
II. La «hora de la madre»: el ejercicio piadoso que la Iglesia recomienda
En este contexto, el *Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia* (n. 156) recomienda explícitamente la piadosa práctica de la *Hora de la Madre*: «Mientras el cuerpo del Hijo descansa en la tumba y su alma descendió al reino de los muertos para anunciar a sus antepasados la inminente liberación de la región de las sombras, la Virgen, anticipando y personificando a la Iglesia, espera llena de fe la victoria del Hijo sobre la muerte». Esta práctica, que puede acompañar a la Liturgia de las Horas del Sábado Santo, es una forma eclesialmente aprobada de vivir el silencio de este día en compañía de María.
La expresión «anticipando y personificando a la Iglesia» es teológicamente precisa. María no espera solo como individuo: espera como figura y cabeza de la Iglesia entera. Su fe el Sábado Santo es la fe de la Iglesia entera, concentrada en una sola persona. Y esta fe, que la tradición litúrgica occidental resumió en la fórmula «sola remansit fides in Maria» («solo en María permaneció la fe»), es lo que garantiza la continuidad teológica entre la Cruz y la Resurrección. La Iglesia nunca perdió la fe el Sábado Santo porque María nunca la perdió.
III. La antigua homilía del Sábado Santo: «¿Qué sucedió? Un gran silencio»
El *Oficio de Lecturas* del Sábado Santo incluye, en la tradición litúrgica romana, una homilía anónima de antigua origen de enorme densidad poética y teológica. Comienza con estas palabras: «Hoy en la tierra hay un gran silencio y soledad. Hay un gran silencio porque el Rey duerme… Dios hecho hombre durmió, y resucitó a los que dormían desde el principio». Este texto litúrgico, leído en la celebración oficial de la Iglesia, es la mejor introducción a la contemplación mariológica del Sábado Santo.
En este silencio en que el Rey duerme, María vela. La homilía antigua no habla de ella directamente, pero el Sábado Santo, contemplado en su totalidad, es inseparable de su presencia. Es ella quien, del grupo de los discípulos, mantiene la memoria de lo que el Hijo dijo: «al tercer día resucitaré» (Mt 16,21), y espera su cumplimiento. El Sábado Santo de María es el modelo de todo silencio espiritual en que el fiel espera, sin pruebas, la aurora que Dios prometió.
IV. La Vigilia Pascual: de la noche a la luz
El Sábado Santo marca el fin de la Semana Santa y da paso al Domingo de Pascua, con la Vigilia Pascual, a la que Santo Agustín se refiere como «la madre de todas las vigilias». La liturgia comienza al aire libre, en la oscuridad, con la bendición del fuego nuevo y el círio pascual. El *Exsultet*, el anuncio pascual, proclama entonces: «Exulta, mi corazón, exulta, pues también esta Madre de la Iglesia se alegra, revestida con el esplendor de la gran luz». La Iglesia, como figura de María, pasa de la noche del Sábado Santo a la luz del Resucitado. Lo que María vivió en silencio durante el día, la Iglesia lo proclama cantando durante la noche.Las siete lecturas del Antiguo Testamento que la Vigilia propone, desde la creación (Gn 1,1,2,2) hasta el éxodo (Ex 14,15,15,1), de la promesa de Isaías (Is 54,5-14. 55,1-11) a la nueva alianza de Ezequiel (Ez 36,16-28), son un recuerdo de todas las veces en que Dios cumplió lo que prometió. María conocía estas lecturas. Al esperar el Sábado Santo, alineaba su fe con toda esta historia. La Vigilia Pascual es la confirmación eclesial de lo que María vivió en silencio: que Dios siempre cumple.En este Sábado Santo de 2026, invitamos a todos a entrar en la *Hora de la Madre*. A sentarse en silencio con María junto al sepulcro. A dejar que su silencio enseñe. A esperar, como ella esperó, el amanecer que ella sabía que llegaría. Y luego, en la noche, encender la vela del círio pascual y cantar con toda la Iglesia: «Lumen Christi. Deo gratias».Lea también: el encuentro del Resucitado con la Madre, María maestra de la esperanza pascual y la alegría pascual de María Magdalena. Cf. *Paschale Solemnitatis* §§ 73, 76.Profundice sus estudios: explore la Mariología, la teología mariana, las apariciones marianas y la Posgrado en Mariología.El Sábado Santo es el único día del año litúrgico en que la Iglesia no celebra la Eucaristía ni administra sacramentos, siendo el día del silencio entre la muerte y la Resurrección. La tradición mariológica lo denomina «Hora de la Madre»: mientras los discípulos se dispersaron y Pedro negó, María permaneció sola como guardiana de la fe de la Iglesia.
La expresión «Hora de la Madre» designa el período entre la muerte de Cristo en la Cruz (Viernes Santo) y su Resurrección (Domingo de Pascua). En este intervalo de silencio y aparente derrota, María fue la única que mantuvo una fe inquebrantable. La teología mariana, desarrollada por autores como Hans Urs von Balthasar en «Mysterium Paschale», ve en el Sábado Santo la síntesis de la vocación mariana: esperar sin ver, creer sin pruebas, guardar la llama de la fe cuando todo parece extinguido. María es así el icono de la Iglesia en momentos de crisis y oscuridad.
El silencio de María en el Sábado Santo es una escuela de fe para los fieles de todas las épocas. Ella no corrió al sepulcro, no exigió señales, no sucumbió al desespero: esperó en oración, meditando en la Palabra que el Hijo le había confiado. La espiritualidad mariana propone este «silencio fructífero» como modelo para los momentos de aridez espiritual, sufrimiento o duda. Así como la semilla enterrada en la tierra parece muerta pero prepara la vida (Jo 12,24), María nos enseña que el silencio de Dios es siempre preludio de una nueva aurora.
Para profundizar en la reflexión sobre María en la Pascua y su papel en la historia de la salvación, consulte la Encíclica Redemptoris Mater del Papa Juan Pablo II.
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