Una maternidad eclesial orientada a la santidad

Uma maternidade eclesial orientada para a santidade
Entre los diversos acontecimientos que marcaron la vida eclesial en los últimos años, nos detenemos en la institución, en el Calendario Litúrgico, de una memoria mariana el lunes después del Domingo de Pentecostes, establecida mediante un Decreto de fecha 11 de febrero de 2018, bajo el título de María, Madre de la Iglesia, y en la publicación de la Exortación Apostólica *Gaudete et exsultate* del Papa Francisco, sobre el llamado a la santidad, el 19 de marzo del mismo año. Dos eventos y elementos que, de alguna manera están interconectados, permiten reflexionar sobre la relación entre María y la vocación más auténtica y plena del fiel: la *santidad*.
Maternidad eclesial de María orientada a la santidad: bienaventuranzas y actitudes maternas
## Una coincidencia particularEs ampliamente conocido que la proclamación del dogma de la gloriosa Asunción de María ocurrió el 1º de noviembre de 1950, en un Año Santo, cuando la Iglesia, al celebrar la solenidad de Todos los Santos, contempla la transición de las bienaventuranzas según la versión de Mateo (cf. Mt 5,1-12). Tras 68 años, encontramos de nuevo esta misma enseñanza, ahora en diálogo y armonía con la versión lucana (cf. Lc 6,20-23), como inspiración del documento del Papa Francisco sobre la santidad.Las bienaventuranzas representan estilos de vida que nos introducen en una práctica de conformación a Cristo, iniciada en el Bautismo, pero también un terreno propicio para hablar de la Madre del Señor, la bienaventurada fiel (cf. Lc 1,45). En este sentido, no se puede olvidar la enseñanza conciliar según la cual María, de alguna forma, resume y refleja los valores fundamentales de la fe. En el número 176 de *Gaudete et exsultate*, leemos que María «vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús», lo que nos lleva a una categoría ampliamente debatida: la de ‘modelo’, que el Concilio Vaticano II utiliza al comparar a María con la Iglesia, en el número 63 de *Lumen gentium*.La función de modelo debe entenderse no tanto en un esquema sociohistórico (que tiende a reducir a María a la pasividad o sumisión), sino en el dinamismo histórico-salvífico, donde María es aquella que, al colaborar con Dios y ofrecer al Hijo, recapitula todo sentido de la existencia humana, situando al hombre en la perspectiva de la Revelación. María nos ayuda a comprender que la Pascua no es un evento realizable por la humanidad, ya que está insertada en el «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37), es decir, en su benéfica omnipotencia.La llamada a la santidad se vuelve visible a través de María, quien se define como madre y imagen de la Iglesia, una llamada que, aunque sea un don de Dios, encuentra sus raíces en la vida cotidiana y produce frutos en ella. Como confirmación de esto, en el número 16 de la Exhortación Apostólica *Gaudete et exsultate*, encontramos una escena de la vida común, expresada con la sencillez característica del actual Pontífice, desde la cual podemos extraer algunas consideraciones sobre la santidad. Francisco escribe: «Esta santidad a la que el Señor te llama crecerá a través de pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a conversar, surgen críticas. Pero ella misma se dice: ‘No hablaré mal de nadie’. Este es un paso hacia la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide que le cuente sus fantasías y, aunque cansada, se sienta junto a él con paciencia y cariño para escucharlo». (*Gaudete et exsultate*, n. 16).Al escuchar atentamente y con compromiso activo la palabra de Dios, María también adopta otro tipo de escucha: acoge la Palabra que habita en ella. Además, escucha la voz de la Iglesia que le habla. La santificación y la maternidad están, por tanto, muy cercanas: ambas generan una novedad, quizás no inmediatamente percibida por la humanidad, pero que, de todos modos, da frutos.La llamada de Dios revela así un fondo de sabiduría más sabio que la genialidad humana presumida, todo bajo el signo de la exultación suscitada por Dios: María exulta en Dios con su Magnificat, pero también la multitud exulta cuando Jesús pasa, sanando y liberando a todos los tipos de dolencias (cf. Lc 13,17). Exultarán también los discípulos tras la tristeza de la Cruz, humanamente considerada un fracaso.Dios, sabio, elige para sí una humildad como María, quien así es elevada. En la iconografía, a menudo vemos Madonnas entronizadas con el Niño divino en sus rodillas, en el gesto de la oferta. Esta es otra prueba del amor que Dios tiene por la humanidad. A través de nuestra condición de criaturas y nuestra vida cotidiana, Él manifiesta su grandeza, y este comportamiento encuentra su primera expresión en la creación de aquel/a que hizo a su imagen y semejanza, hacia quien proyecta todos sus atributos paternos y maternos. Estos mismos atributos trascienden en las bienaventuranzas.## Bienaventuras como actitudes maternasHacemos hincapié en que las bienaventuranzas, en su totalidad, constituyen el núcleo del documento del Papa Francisco, además de representar la identidad del santo a través de esos estilos de vida que, en última instancia, brotan del amor. Al mismo tiempo, se oponen a los peligros más dañinos para el cristiano: la soberbia del pensamiento (gnosticismo: la pretensión de reducir todo a una sabiduría natural y racional) y la acción (pelagianismo: la ilusión de salvarnos únicamente por nuestras obras).Si, además, la misericordia debe prevalecer en el juicio (cf. Tg 2,13), esto conduce a quien la practica a reconocer más fácilmente el sentido de su existencia a la imagen y semejanza de un Dios (cf. Gn 1,26-27) que se dona y perdona. Es claro que, para María, todo esto tiene un valor especial, aunque no la aleje de nosotros. Su maternidad misericordiosa continúa en la gloria: «Assunta al cielo, dice el Concilio, ella no abandonó esta misión de salvación, sino que con su múltipla intercesión continúa obteniendo para nosotros los dones de la salvación eterna. En su materna caridad, cuida de los hermanos de su Hijo aún peregrinos y colocados en medio de peligros y dificultades, hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada». (*Lumen Gentium*, n. 62).## María, modelo de maternidad eclesial orientada a la santidadAl considerar atentamente la persona de María y su ser-hacer como «nueva mujer», es posible acceder a un estatus de santidad que, en lugar de abstraerse del mundo, nos hace participantes de sus realidades. María, nos dice la Exhortación *Gaudete et exsultate*, «nos muestra el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no permite que, al caer, permanezcamos prostrados. Y a veces, nos lleva en brazos sin juzgarnos». Estos comportamientos deben reflejarse en la Iglesia, si ella quiere espelarse en María en el terreno de la maternidad.En nuestro vivir, contemplando con veneración a aquella que es modelo de discipulado y pidiendo que nos sostenga en las diversas dificultades, somos llamados a seguir, no solo con palabras, sino con obras iluminadas por la fe, un camino de compromiso amoroso con Dios, el prójimo y el cosmos. De esta forma, escaparemos del vacío de palabras y del hacer frenético y mecánico. Esto también es santidad.**Profundiza tus estudios:** explora Mariología, Teología mariana, apariciones marianas y la Pós-Graduação em Mariologia.Para un mayor conocimiento de la maternidad eclesial de María, consulta la Encíclica *Redemptoris Mater* del Papa Juan Pablo II.

Pós-Grado en Mariología

¿Deseas profundizar tu formación en Mariología? Conoce la Pós-Grado en Mariología de Locus Mariologicus – una formación académica que combina rigor teológico, vida espiritual y tradición viva de la Iglesia.

Inscríbete o infórmate más →

Related Articles

Responses