La Virgen y el Niño en los mosaicos absidiales

Madre virgen con el niño de pie

Virgen Madre con el Niño, abside, mosaico, Iglesia de la Dormición, Nicea, finales del siglo VIII
Composiciones no absidiales referidas a este tipo de composición:

Virgen Madre con el Niño, entronizada entre ángeles y mártires, ícono, Santa Catalina, Sinai, s. V-VI.

Virgen Madre con el Niño, entronizada entre dos ángeles, S. Maria in Trastevere, siglos VI-VII.

Virgen Madre con el Niño, entronizada entre cuatro ángeles, S. Apolinaria, Ravena, s. VI.
Observaciones
La más antigua tipología iconográfica de la Virgen Madre con el Niño representada aisladamente deriva de la escena de la adoración de los Reyes Magos, transformada de escena lateral a frontal y simétrica. El desprendimiento de los personajes laterales, los magos que se convierten en dos o cuatro por razones de simetría, o su sustitución por otros (ángeles, santos, donantes y comitentes), se realiza de modo directo.
Se trata del tipo más frecuente. Esta preferencia está vinculada al mensaje simbólico transmitido por la propia estructura, es decir, por la disposición de las dos figuras principales, una respecto a la otra y ambas respecto al espacio circundante. Además de los medios de expresión simbólica utilizados desde la antigüedad tardía para representar lo divino (la frontalidad, la inmobilidad, la impassibilidad, la solemnidad, el fondo uniforme, a menudo dorado), lo que caracteriza este tipo iconográfico es la figura reforzada del Niño en comparación con la de la Madre y la tendencia vertical de toda la composición, fuertemente centrada. El Niño no aparece sentado naturalmente en el regazo de su Madre, sino como si estuviera de pie, mientras María dibuja la vertical que forma el fondo composicional y cromático de la Palabra Encarnada.
Tampoco aquí, por otro lado, como ya se señaló en relación con la iconografía mariana del primer período, se impone la ausencia de expresión de un intercambio afectivo entre la Madre y el Hijo. Ambos miran hacia adelante. En la variante en que la Virgen está de pie, la relación recíproca entre el Hijo y la Madre no cambia en nada. Parece entonces evidente que la presencia del trono no es esencial. Si el núcleo del mensaje de este módulo se centra en el eje de las dos figuras, todas orientadas hacia arriba con la verticalidad imaginaria que va de la Redención a la Asunción de la Virgen Madre. O bien ese camino de descenso-ascenso que expresa el movimiento de la Redención: descenso de la Encarnación, ascenso de la divinización. La Madre no realiza ninguna acción, sino la implícita de presentar al mundo a Jesús, Hijo de Dios. La verticalidad de la figura de María la convierte en testigo y anunciadora de ese eje vivo de mediación entre la tierra y el cielo que es la Palabra Encarnada.
Este es el gran espacio simbólico, que también es el locus mariológico de la Virgen María. La Madre no realiza ninguna acción, sino la implícita de presentar al mundo a Jesús, Hijo de Dios. Es la propia verticalidad de su figura la que la convierte en testigo y anunciadora de ese eje vivo de mediación entre la tierra y el cielo que es la Palabra Encarnada.
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