La mediación de María: Segunda parte

La mediación de María: segunda parte de la reflexión teológica

Nuestra Señora, mediadora de todas las gracias en Cristo y en el Espíritu Santo

Al analizar la patrística y, en general, la piedad mariana, observamos que María normalmente no es considerada en sí misma, sino siempre en relación con los hombres y con Dios. La experiencia concreta de la cercanía de la Virgen en las dificultades de los hombres y la eficacia de su intervención dio origen a la doctrina de la mediación de María. La narración de las Bodas de Caná (Jn 2,1-12), donde María intercede junto a su Hijo para que realice el primer signo de la transformación del agua en vino, ha sido para la Iglesia la afirmación evangélica de la eficacia de la intercesión de María. Ya en el siglo III encontramos el ‘A Vuestra protección’ (Sub tuum praesidium), donde la comunidad cristiana de Egipto, ante el peligro de la persecución, pide ser liberada de la misma. Los Padres de la Iglesia interpretan la experiencia de los fieles atribuyendo a María el título de Mediadora, como lo hace Romano el Melodo (siglo VI) cuando coloca en los labios de María la sugestiva declaración:
«He venido al mundo para invertir el reino del dolor. Yo, la llena de gracia […] Poned entonces freno a las lágrimas: aceptadme como vuestra mediadora junto de quien de mí nació, porque el autor de la alegría es el mismo Dios engendrado en la eternidad. No os irritéis más. Alejad toda inquietud: yo voy a Él, llena de gracia»
En el mismo camino, encontramos también a Germano de Constantinopla (f. 733) cuando afirma que María «fue mediadora ante todo por su parto sobrenatural y ahora por la intercesión de su asistencia materna», y a Andrés de Creta (f. 740) que presenta a la Virgen como mediadora entre la sublimidad de Dios y la pobreza de la carne, y también entre la ley y la gracia.
En la Edad Media surge un nuevo género literario, los Miráculos, que eran colecciones de prodigios marianos. En el ámbito lusitano, vemos en lengua galaicoportuguesa las Cantigas de Santa María del Rey Alfonso X el Sabio (1221-1284). Estas ejercen una profunda influencia en la vivencia de la presencia mariana, transmitiendo la poderosa intercesión de la Virgen. El título de mediadora aparece en la célebre Legenda Theophili, que narra la historia de un vicario que hace un pacto con el diablo para obtener honores y bienes, firmando un contrato (chirografo) en el que vende su alma. María le aparece y reprende su conducta, y Teófilo dirige a la Virgen una oración confiada para que lo salve. Tres días después, la Virgen le devuelve el chirografo que el diablo había tomado, devolviéndolo al pecador arrepentido que lo quema en presencia de todo el pueblo. Con esta narración, queda claro que los escritores medievales ven a la Virgen como mediadora. No extraña, por tanto, que San Bernardo se refiera al anuncio del ángel cuando María: «ya llena del Espíritu Santo […] para la nueva venida del mismo Espíritu, se convirtió en nosotros plena dadora (nobis superplena e supereffluens) para que todos podamos recibir de tanta plenitud». El Santo de Claraval introduce entonces la mediatio apud Christum (mediación junto a Cristo), lo que generó numerosas observaciones por parte de la Reforma Luterana.
En la época moderna, la doctrina de María como mediadora se debate en el Concilio Vaticano II, abriendo la puerta a largas y acaloradas discusiones. Esto ilustra la necesidad de equilibrar y clarificar la doctrina católica sobre este argumento, evitando una metodología abstracta e inapropiada. El Concilio no acepta la expresión ‘mediadora de todas las gracias’ atribuida a María, ya que genera un equívoco con la única mediación de Cristo y porque se coloca en el marco de una discusión teológica con posiciones no conciliables. En este sentido, rige la regla de la prudencia y el uso de términos que expresen la misma realidad, como intercesión múltiple y caridad materna. Por ello, la Iglesia puede invocar a María con títulos como abogada, auxiliadora, socorro, mediadora [Mediatrix] (Lumen Gentium
62), ya que la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una cooperación variada y participada con la única fuente. Es en este sentido que reconocemos de manera unánime en el mundo católico, como dones plenos de Dios, a María como Nuestra Señora de las Gracias.
De las gracias a la Gracia
El evento central de la Biblia es la gracia, entendida como la benevolencia divina y gratuita que atraviesa los Testamentos hasta convertirse en el Evangelio de la Gracia. La revelación del amor divino hacia las criaturas para que puedan participar en la vida trinitaria es el más alto don que Dios concede a sus criaturas. Es el amor que él lleva a las criaturas y que se infunde en los fieles, desbordando hasta sumergir toda la creación.
Lamentablemente, la historia no siempre ha entendido correctamente el Evangelio y no pocas veces la gracia ha sido cosificada, cuantificada en lugar de cualificada. Como tal, la imagen del acueducto bernardino, que describe la figura de Cristo cabeza que hace fluir las gracias a los fieles a través de María, hoy no puede proponerse por la evolución mariológica y la conciencia terminológica. Esta imagen, en la sinceridad de la fe, buscaba expresar la teosis, el evento dialógico, la relación vital de humanización entre Creador y criatura.
La Gracia como evento dialógico
Cuando observamos la amplitud de la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, percibimos que no es un texto que hable específicamente de Dios, sino que presenta el diálogo a lo largo de los milenios entre Dios y el hombre, desde Adán pasando por María hasta las bodas del Cordero en Jerusalén celestial. En este contexto, cuando hablamos de Gracia, nos referimos a un acontecimiento vinculado al evento de la encarnación de la Palabra en María, haciéndose Dios con nosotros en la plenitud de los tiempos, donde recibimos gracia sobre gracia (Jn 1,16). Así, la gracia es entonces espacio de diálogo entre Dios y el hombre, ya que implica el don gratuito de amor que Dios hace y la respuesta del hombre con el mismo amor. Es el Evangelio de la Gracia. Por lo tanto, la gracia no puede destruir la naturaleza del hombre, ya que anularía la respuesta libre, sino que la suscita. De hecho, la gracia de Dios se manifiesta según la acción del Espíritu Santo como movimiento interno que despierta a la persona y la coloca en el camino. Dios tiene la iniciativa en la creación, pero no se trata de un don que obstaculice el camino de la libertad del hombre. La gratuidad de la gracia no permite una alienación, fuga mundi, del hombre, como se ha entendido erróneamente en el pasado. La gracia siendo relación, implica a la persona que debe acogerla para que se convierta en un verdadero don, ya que es un encuentro personal entre Dios, en el evento de Cristo como Palabra salvífica del Padre, y el hombre que, en coherencia con el don, lo devuelve (parábola de los talentos). No estamos hablando de instantes, sino de un largo proceso educativo en el que el hombre es restituido a la verdad originaria a través de la encarnación de la Palabra, hasta que Dios sea todo en todos (theósis) (1 Cor 15,28).Para profundizar en el tema de la mediación de María, lee la encíclica Redemptoris Mater del Santo Padre Juan Pablo II, que trata sobre la mediación materna de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia.Profundiza tus estudios: explora la Mariología, Teología mariana, Apariciones marianas y la Pos-Grado en Mariología.Posgrado en mariología (especialización)
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