Pecado y salud, dolor y salvación

Pecado e saúde, dor e salvação

Pecado y salud: la mediación materna de María en la salvación

La relación entre pecado y salud recorre toda la historia de la salvación. Comprender el pecado y la salud desde una perspectiva mariana significa redescubrir a María como madre sanadora, cuya intercesión une el perdón de los pecados con la salud integral de la persona.

¿Has oído alguna vez que una persona sufrió o está sufriendo por sus pecados? ¿O que la vida del cristiano es un sufrimiento eterno? Esta segunda parte de nuestro recorrido pretende presentar a María con una imagen que no está directamente contenida en la Escritura Sagrada, pero que se deduce de la tradición eclesial. El estado de salud de María y de Cristo no es mencionado por los autores del Nuevo Testamento. Estos solo se preocuparon por transmitir el anuncio histórico-salvífico, centrándose en el misterio pascual del Señor.
Sin embargo, volviendo a la tradición cristiana en el año 256, encontramos al Papa Esteban I en una carta al obispo Basilide de León y Astorga, afirmando que los lapsi (personas que durante las persecuciones renunciaron a su fe y luego solicitaron ser readmitidos en la Iglesia) eran absueltos de sus pecados:

«por causa de la Pasión de Cristo y por los méritos de la Bienaventurada Madre de Dios, que los (re)conducía a la unidad de hijos de Dios, ofreciendo salud y santidad a cada uno de ellos»

Esta atribución a María de gratia sanitatum nos ayuda a comprender la relación entre salvación y salud que ahora intentaremos ilustrar.

Relación entre salud y salvación

Pecado y salud, dolor y salvación | Locus Mariologicus

La interpretación mariológica de esta relación debe ir más allá de una posición que ha recorrido la historia de la tradición eclesial latina: la comprensión de la salvación en un sentido espiritual estricto. El perdón de los pecados y la comunión con Dios se desasociarían de la salud, permaneciendo esta ajena a la salvación, ya que aquella se realizó al vincularse a los dolores de Cristo en la cruz y, por tanto, al opuesto de la salud. Ya en el siglo XVII encontramos una asociación entre gracia y dolor hasta el punto de que Louis Chardon, dominico, afirmaba que cuanto más las almas se unen con el espíritu de Jesús, tanto más contraen la obligación de sufrir. Esta visión es una consecuencia del dolorismo que llevó a Tomás de Kempis (f. 1471) en su famosa obra Imitación de Cristo, segundo libro religioso después de la Biblia más difundido en la espiritualidad occidental, a escribir: Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio. Blaise Pascal (f. 1662), notable pensador cristiano, le escribía a su hermana: Conozco el peligro de la salud y las ventajas de la enfermedad… No llores por mí, porque la enfermedad es el estado natural de los cristianos. Ante estos testimonios, debemos afirmar la unidad entre la creación y la redención para redescubrir el verdadero papel de María junto a los enfermos.

El deseo de vivir, el respeto por la vida, la voluntad de estar en salud es un bien, un valor que constituye una ocasión para encontrar a Dios y alegrarse al alabarlo por todos sus beneficios. La salud está vinculada a la salvación porque el cristiano tiene la obligación de conservar la vida como un don de Dios y ponerla al servicio del Reino. Este imperativo salvífico se dirige a la vida como inclusiva de sanos y enfermos, fuertes y débiles, y, aún después de Cristo, mira al sufrimiento y a la muerte como lugares de salvación. Existe un Evangelio del sufrimiento, por supuesto (recordemos la Salvifici Doloris, 1984, de San Juan Pablo II), pero también un Evangelio de la vida (recordemos del mismo Papa la Evangelium Vitae, 1995), porque no es la abundancia de sufrimiento en la vida lo que nos agracia, sino el amor en estos estados de vida lo que nos lleva a la salvación. ¿Cuál es entonces la relación entre salvación y curación?

Jesús, médico de cuerpos y almas

Este título puede encontrarse en la tradición cristiana más antigua, donde existen registros. Padres de la Iglesia como Ignacio de Antioquia (m. 108) proclama a Jesús como único médico espiritual y corporal, y más tarde Clemente de Alejandría (m. 215) hablará de Jesús como médico de los cuerpos y de las almas.

La fundamentación bíblica de este título se encuentra en la función sanadora que atestigua la actividad de Jesús. Si en el Antiguo Testamento solo encontramos tres curas milagrosas (Num 21,9; 2 Re 5,10-14; Is 38,1-8), en los Sinópticos encontramos veintidós narraciones de curas individuales y doce de curas colectivas. Al examinar estas curas, normalmente corresponden a la victoria sobre la enfermedad física y al exorcismo (cf. Mt 8,16). Jesús se presenta entonces como un médico, pero del ser humano total, pues “no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos” (Mt 9,12). Él es el médico libre de todos los tabúes o leyes, ya que cura un día de sábado con su palabra, evitando toda apariencia de magia, pues es el plan de Dios actuado en la creación, haciendo conocer la justicia y la paz.

Jesús cura la miseria humana como señal de compasión y misericordia ante la humanidad que sufre. El Hijo de María, al curar los cuerpos, también realiza la cura de la alma. Así, la enfermedad del paralítico está ligada al pecado (Mt 9,1-8). Los milagros de Jesús son señal del reino mesiánico que restaura la salvación con la integración del hombre nuevamente en el “jardín de Dios” (Mt 11,2-3). Las curas demuestran que la Palabra encarnada, irrumpiendo en el mundo, destruye la enfermedad y el dolor, que son indicios de la ruptura entre Dios y el hombre, para instaurar el Reino, y este mismo poder se transmite a los discípulos (Mt 19,7-8).

María, madre de la salud y curandera

En este designio de Dios Padre testificado por Cristo de la salvación y la salud, no nos resulta difícil insertar a María en este contexto. En primer lugar, porque María es raíz de la obra de la salud universal, es decir, María en el misterio de la salvación es la Nueva Eva y la Madre del Salvador. A este respecto, Irineo de Lyon (m. 130) testifica que María es causa salutis y Mater salutis. Recordamos que en arameo ‘atî significa vivificar y sanar, y este verbo fue traducido por salvación y salud. En este sentido, decir tu fe te salvó (Mc 5,34. 10,52. Lc 7,50. 17,19) significa al mismo tiempo tu fe te sanó, porque las curas son para la totalidad del hombre. La misma observación encontramos en los Padres de la Iglesia que entienden la salvación en sentido integral, lo que incluye la salud. Por lo tanto, debemos interpretar el título causa salutis en el sentido de que María colabora eficazmente en la obra de la salvación como liberación completa que regenera la vida llevando al hombre a la situación del paraíso.

En una obra atribuida a San Máximo el Confesor (m. 662) sobre la Vida de María, podemos leer que en los últimos años de su vida, debido a los numerosos milagros y curas, los judíos comenzaron a respetar a María: «la Santa Virgen, Madre del Señor, ya no fue menospreciada por ellos, por el contrario, la miraban con respeto, a distancia, le hacían reverencia con temor… y no solo por los milagros que ocurrieron en ese momento… sino también, día tras día, debido a los milagros que se completaban por su gracia e intercesión, los demonios eran expulsados, se curaban males irremediables, innumerables signos y prodigios que sucedían por medio de ella».

Al comprender que la contemplación de María precedió a su glorificación, como cristianos, dirigimos nuestra confianza a María con la certeza de que nadie más que María puede aplicar el versículo de Santiago 5,16: «mucho vale la oración del justo». La Contemplativa no solo intercede, sino que también participa de la potencia divina y posee el poder de la curación. Reconocida a lo largo de la tradición cristiana como portadora de la gracia terapéutica, la Madre de Jesús es invocada como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, esperanza de los desesperados, tesoro inagotable de curación, sanadora de heridas incurables, fuerza de los santos, fármaco que apacigua el dolor de cada corazón, fármaco de nuestros miembros.

En el Occidente cristiano, María es reconocida como salus infirmorum, salud de los enfermos, lo que más tarde sería popularizado en las Ladainas de Nuestra Señora. Podemos encontrar la actividad como sanadora que María ejerce desde el cielo hacia los hijos enfermos en el título que le atribuye Ricardo de San Lorenzo: «María es la piscina probática en la que descendió el ángel del Señor, es decir, el ángel del gran consejo, como lo llama Isaías».

El agua se agita por el saludo angélico ante el cual María se conmueve, y solo aquellos que creyeron en un solo Dios en tres personas fueron curados.

No podemos aquí describir cuántas y cuáles son las curas milagrosas atribuidas a la intercesión de María. Solo ilustramos que, si nuestra vida es un libro, María conoce nuestras páginas de dolor, nuestro alfabeto de sufrimiento y las dolencias de la sociedad. Son signos de una transición de situaciones trágicas a condiciones de salud mejores gracias a una oración a María y a la experiencia de su auxilio. Podemos incluso afirmar que estos momentos fueron un kairós donde el fragmento del misterio pascual de la muerte y la vida encontraron morada en el diálogo entre el devoto y María. Son estos momentos de salvación que se entrelazan con la totalidad del hombre lo que hace de la invocación de María como salud de los enfermos un testimonio del amor de Dios.

Desde el punto de vista dogmático, podemos afirmar que María anticipa la época escatológica, participa en la forma de actuar de Dios, está más allá de las peticiones y los deseos más justos y realiza la voluntad del Padre, ya que camina junto al Pueblo de Dios, especialmente de los más débiles. La única mediación de Cristo entre Dios y los hombres no reclama exclusividad, sino inclusividad. Como cooperadora de la salvación, María es transformada por Cristo como camino para la autocomprensión de la criatura en la que actúa el amor de Dios, salvando y bendiciendo. Por otro lado, dado que la fe es dialógica, también encontramos la respuesta responsable del fiel cuando, con palabras, acciones y meditaciones, realiza su testimonio.

María participa del carisma de las curas de Cristo, como lo demuestra la experiencia de los cristianos a lo largo de los siglos. María es la salud de los enfermos también porque es la Madre de la salud que es Cristo. Este título no se limita solo al ámbito de la salvación espiritual, pues el propósito de la encarnación es dar al hombre la vida y la vida en abundancia. Su transformación en el hombre se realiza a través de la nueva creación por el Espíritu Santo a la imagen de Cristo glorificado en cuerpo y espíritu. La experiencia bimilenar del cristianismo nos dice que María está viva y actúa en la Iglesia, ejerciendo su maternidad permanente, socorriendo a los enfermos del cuerpo y del espíritu.

Nuestra Señora, salud de los enfermos, roga por nosotros.

Profundiza tus estudios: explora Mariología, Teología Mariana, apariciones marianas y el Posgrado en Mariología.

En resumen, el pecado y la salud encuentran en María su clave de lectura cristiana: la Virgen es gracia sanitatum, fuente de curación espiritual y corporal. Profundizar en el pecado y la salud a la luz mariana es abrirse a la misericordia de Cristo mediada por María. Leer más sobre María como madre de la Iglesia en Christi Matri.

Posgrado en mariología (especialización)

¿Quiere profundizar su formación en mariología? El posgrado de Locus Mariologicus es una especialización que une rigor teológico, vida espiritual y la tradición viva de la Iglesia. El próximo grupo comienza en 2027.

Entrar en la lista de espera del grupo de 2027 →

¿Quiere estudiar mariología en serio?

Este artículo surge de las obras de la biblioteca de Locus Mariologicus. El Posgrado en Mariología te lleva a la misma fuente, con acompañamiento académico: Escritura, Padres de la Iglesia y Magisterio, desde el primer dogma hasta las cuestiones contemporáneas.

Conocer el Posgrado en Mariología

Related Articles

Responses