Semana Santa: María discípula del Señor

María, discípula del Señor en la Semana Santa
María en el ciclo pascual
El ciclo pascual se desarrolla durante cerca de tres meses y se centra en las celebraciones del sagrado Triduo. Es el núcleo en torno al cual se mueve la vida de las comunidades eclesiales, que rehacen la perenne experiencia penitencial del éxodo y de la concreción liberadora de la Pascua en la vida de los individuos.
Es el período en que ocurren los acontecimientos decisivos de la salvación: Cristo está en camino hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre en el sacrificio supremo, en su Pascua de este mundo al Padre. Pero es también el período en que, después de los días de la bienaventurada Pasión, la Iglesia experimenta la presencia y la acción del Resucitado que completa su misión con el don del Espíritu.
En esta fase tan llena de acontecimientos, la Virgen está presente y no con un papel secundario. El testimonio contemplativo de la presencia de la Madre junto al Hijo nos lo da el Evangelio de Juan.
El doble carácter de la Cuaresma, bautismal y penitencial, tiene como finalidad disponer todos los años a los fieles a celebrar la Pascua sobre todo mediante una escucha más frecuente de la palabra de Dios y una oración más intensa (Sacrosanctum Concilium 109).
El fuerte empeño que exige el itinerario cuaresmal llama la atención del fiel sobre su sequela Christi, es decir, sobre el modo como aceptó el anuncio de la fe y lo sigue tras las huellas de Cristo, a través del camino liberador de la cruz. El discípulo, que cada año rehace este camino con espíritu siempre renovado, encuentra en la persona de la Virgen el ejemplo concreto del modo como la Palabra de Dios es recibida y con el cual es necesario responder a Cristo en el camino del Calvario.
Al final del sacramento de los cuarenta días, cuando la Iglesia contempla el momento central del plan salvífico del Padre, volvemos a mirar a María que, como mujer nueva, permanece bajo el leño del que brotó la vida, junto a Cristo el hombre nuevo. Del testamento de amor del Hijo que ella confía al discípulo, María aparece como la madre espiritual de todos aquellos que dirigen la mirada de la fe hacia la cruz.
María discípula del Señor
Seguir a Cristo en el camino de la cruz implica asumir la actitud del discípulo que camina tras las huellas del Maestro. Son huellas que llevan a la cruz, y por donde pasó la Virgen María.
Todo es comprensible cuando se acepta entrar en el misterio de la voluntad del Padre, en la aceptación de su voluntad: en eso consiste el verdadero discipulado. Las dos perícopas evangélicas propuestas como alternativa acentúan esta dimensión: la lectura eclesial de Lc 2,41-52, al recordar el hecho de haberse perdido en el templo y la respuesta de Jesús, dirige la mirada hacia la Madre de Jesús que guardó esas cosas en su corazón. Mientras que el pasaje de Mt 12,46-50 recuerda que forma parte del parentesco de Jesús quien hace la voluntad del Padre que está en los cielos.
El secreto del discípulo consiste, por tanto, en guardar como tesoro la Palabra divina: en esto está aquella sabiduría que puede alegrar el corazón (Sir 51,18-24.27-30). Y la asamblea canta esta realidad: tus palabras, Señor, son espíritu y vida, y reconoce a la Virgen bendita porque guardó la palabra de Dios meditándola en su corazón.
María fue una fiel discípula de la Palabra hecha carne: de hecho, ella es el modelo de quien acoge la Palabra.
Un reconocimiento semejante, ya sugerido en Marialis Cultus 35, donde María es definida como la «primera y perfecta discípula«, si por un lado recuerda la importancia esencial de la disponibilidad a la Palabra para recorrer el camino de la cruz, por otro destaca la actitud y el papel de María.
La actitud de disponibilidad plena e incondicional subraya sobre todo el papel que la Virgen desempeña en la Iglesia, cuando los fieles y la comunidad emprenden solos este plan de salvación. En efecto, en la línea de la bienaventuranza evangélica: «bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,27-28), fielmente reflejados en María «madre y discípula del Hijo«, la Iglesia nos invita a imitar su actitud con el corazón abierto «a la bienaventuranza de la escucha«. Con opciones de vida que hagan de cada fiel un «lugar santo donde hoy se cumple la palabra de la salvación«. Y por el don de aquella «sabiduría y gracia» que se obtiene no «solo con nuestra fuerza«, sino con la participación en los santos misterios.
La ejemplaridad de la Virgen, si por un lado surge con claridad, por otro desafía a los fieles que recorren el mismo camino de fe. Ser discípulos fieles de Cristo como María implica ponerse en la «escuela de la Virgen María«. Esto requiere, en primer lugar, una búsqueda constante de la voluntad del Padre y su fiel ejecución hecha «con amor» y, en segundo lugar, atención a la palabra de Cristo y una consiguiente fidelidad «a sus mandamientos«.
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Para profundizar en el papel de María en la Pasión y Resurrección de Cristo, consulte la encíclica Redemptoris Mater de san Juan Pablo II.
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