El hijo que dijo «no» y se fue: Ezequiel 18, Filipenses 2, y la parábola de los dos hijos en Mateo 21.

Cita bíblica: «Semitipsum exinanivit, formam servi accipiens.» (Fil 2,7)
Reflexión sobre la autenticidad de la respuesta a Dios:
El vigésimo sexto domingo del Tiempo Común del Año A presenta tres textos que abordan la autenticidad de la respuesta a Dios: no se trata de promesas, sino de acciones; no de apariencias, sino de realidad. Ezequiel 18,25-28 enseña que lo que importa ante los ojos de Dios es el estado actual de cada persona: el impío que se convierte vivirá, mientras que el justo que se aleja morirá. Filipenses 2,1-11 presenta el himno de la kénosis, donde Cristo no retuvo su igualdad con Dios, se vació a sí mismo, tomó la forma de un siervo y se humilló hasta la muerte en la cruz. Mateo 21,28-32 narra la parábola de los dos hijos: uno dijo «sí» pero no lo hizo, mientras que el otro dijo «no» y lo cumplió.
I. Primera lectura: Ezequiel 18,25-28:
La casa de Israel se queja: «El camino del Señor no es justo» (Ez 18,25). Dios invierte la queja: «Escutai, casa de Israel: ¿acaso mi camino no es justo, o son vuestros caminos los injustos?» (v.25). El principio que los perturba: Dios juzga a cada persona según su estado actual, no su pasado. Si un justo se aparta de su justicia y comete iniquidad, muere por esa iniquidad. Pero si un impío se convierte de su maldad y practica la justicia, salva su vida (v.26-27). El pasado de pecado no condena si hay conversión, y el pasado de virtud no salva si hay apostasía. Dios no juzga trayectorias, sino posiciones. Lo importante es el estado actual, no el pasado. Esta afirmación es a la vez exigente y liberadora: exige no confiar en méritos pasados, pero libera de desesperarse por pecados pasados.
II. Segunda lectura: Filipenses 2,1-11:
Pablo invita a la unidad en la humildad: «No hagáis nada por espíritu de partido o vanagloria, antes bien con humildad considerad a los demás como superiores a vosotros mismos» (Fil 2,3-4). Y el fundamento: «Tened en vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (v.5). Sigue un himno poderoso: Cristo «no consideró que fuera igual a Dios, sino que se vació a sí mismo, tomando la forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres» (vv.6-7). Y continúa su descenso: «se humilló hasta el extremo de morir, incluso en la cruz» (v.8). La kénosis no es una pérdida accidental, sino el acto supremo del amor que no retiene nada para sí. En clave trinitaria, la exaltación posterior es fruto de la humillación: «Dios lo exaltó hasta lo más alto» (v.9). El Hijo que se vació es el Hijo que fue exaltado.
III. Evangelio: Mateo 21,28-32:
Jesús pregunta: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Dirigiéndose al primero, dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él respondió: No quiero. Pero después, arrepentido, fue. Dirigiéndose al segundo, dijo lo mismo. Él respondió: Iré, señor. Pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» (Mt 21,28-31). La respuesta es obvia: el primero. Y la aplicación sorprendente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino de Dios. Porque Juan vino a vosotros por el camino de la justicia y no creísteis en él. Los publicanos y las prostitutas creyeron en él» (vv.31-32). Los jefes de los sacerdotes y los ancianos son el segundo hijo: dijeron sí (a la Ley, al Templo, a la tradición) pero no hicieron. Los publicanos y las prostitutas son el primer hijo: dijeron no (a través de sus vidas alejadas de Dios) pero, al oír a Juan, se arrepintieron y fueron. Ez 18 ilumina la parábola: lo que cuenta no es el pasado de pecado sino la conversión presente. El himno de Fil 2 la ilumina aún más: el modelo supremo del «fue» es Cristo, que vació todo para hacer la voluntad del Padre.
IV. María y la kénosis del sí
El himno de Fil 2 describe a Cristo como aquel que «no retuvo» la igualdad con Dios y se vació tomando forma de siervo. La mariología ha visto en María la criatura que más se acercó a esta kénosis: la serva del Señor que dijo «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) es la que no retuvo nada de sí misma para dar lugar al Hijo de Dios. La Anunciación es el momento en que la forma de sierva se convierte en el receptáculo del eterno: el vaciamiento de María es lo que hace posible el vaciamiento de Cristo en la historia. En la parábola de los dos hijos, María es el hijo que dijo sí y fue: no solo en la Anunciación, sino en Belén, en Egipto, en el Templo, en Caná, en el Calvario, en el Cenáculo. Nunca hubo contradicción entre la palabra y la acción, entre la promesa y la presencia. Y Ez 18 confirma: lo que cuenta es el estado actual. María, que nunca se alejó de la justicia que recibió desde el principio, es el modelo de lo que Dios quiere: no la trayectoria perfecta sin fallas (que solo ella conoció plenamente), sino la disposición de siempre volver cuando se alejó, de siempre ir cuando el Padre llama.
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