Yo soy la resurrección y la vida: Marta, María y Lázaro y la fe que resucita.

Por Prof. Dr. Daniel C. Afonso · Actualizado el
Dixit ei Iesus: Ego sum resurrectio et vita. Qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet. Et omnis qui vivit et credit in me, non morietur in aeternum. Credis hoc?
Jn 11,25-26
La Fiesta de los Santos Marta, María y Lázaro, celebrada el 29 de julio, fue elevada a fiesta por el Papa Francisco en 2021, reconociendo el papel singular de esta familia de Betania en la vida y en el misterio de Jesús. El Evangelio de Juan (Jn 11,1-27) narra la llegada de Jesús tras la muerte de Lázaro, el encuentro con Marta y la autorrevelación más solemne del cuarto Evangelio: «Yo soy la Resurrección y la Vida» (Jn 11,25). La escena concentra tres ejes teológicos fundamentales: la fe que interpela («Señor, si estuvieras aquí, mi hermano no habría muerto»), la autorrevelación de Jesús como «Yo soy», y la confesión cristiana de Marta («Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que había de venir al mundo», Jn 11,27).
La familia de Betania ocupa un lugar único en los Evangelios: Jesús «amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5), la única vez que Juan utiliza el verbo «amaba» (ἠγάπα) con referencia a la relación de Jesús con personas concretas no discípulas. Betania era para Jesús un lugar de acogida, de descanso, de intimidad, la casa donde encontraba no a la multitud que exigía signos, sino amigos que lo recibían como persona. La relación de Jesús con Marta, María y Lázaro es un modelo de amistad espiritual: profunda, exigente, transformadora.
I. «Domine, si fuisses hic»: la fe que interpela
«Domine, si fuisses hic, frater meus non fuisset mortuus» (Jn 11,21), la interpelación de Marta a Jesús es el modelo de fe que no calla ante el dolor, sino que lo presenta a Dios. «Si estuvieras aquí», la frase contiene simultáneamente la fe (confianza de que Jesús podría haber impedido la muerte) y el lamento (porque no estaba aquí cuando lo necesitábamos). Esta tensión entre fe y lamento no es contradicción, es el interior de la fe bíblica que, de los Salmos de súplica («¿Hasta cuándo, Señor?») a Job, presenta la realidad dolorosa ante Dios sin falsas resignaciones.
Marta no se quedó en casa cuando supo que Jesús llegaba, sino que fue a su encuentro (Jn 11,20). Este movimiento es teológicamente significativo: la fe que interpela no es pasiva sino activa, va al encuentro de Jesús incluso con el dolor en el corazón. La «fe en movimiento» de Marta contrasta con la hermana que permaneció sentada en casa (Jn 11,20), no por falta de fe, sino por un luto paralizante. Ambas formas de reacción son humanas. Jesús acoge a las dos: va al encuentro de Marta que viene y va al encuentro de María que llora (Jn 11,33).
El «Pero sé que incluso ahora Dios te concederá todo lo que le pidas» (Jn 11,22) de Marta es el momento de esperanza que brilla en medio del lamento: ella no sabe lo que va a suceder, no pide explícitamente la resurrección de Lázaro, pero confía en que la presencia de Jesús abre posibilidades que la muerte parecía haber cerrado. Esta confianza sin agenda, «sin saber qué va a suceder, pero confiando en que Jesús puede hacer algo», es el modelo de la oración de intercesión: no imponer una solución a Dios, sino presentar el dolor con confianza en la libertad de Dios para actuar.
II. «Yo soy la Resurrección y la Vida»: la autorrevelación de Jesús
«Yo soy la Resurrección y la Vida» (Jn 11,25): la séptima y última de las afirmaciones «Yo soy» del cuarto Evangelio (cf. Jn 6,35. 8,12. 10,7. 10,11. 14,6. 15,1), la más directamente cristológica y escatológica. Jesús no dice «Tengo el poder de resucitar a los muertos», dice «Yo soy la Resurrección». La Resurrección no es una capacidad que Jesús posee, sino una realidad que Jesús es: la vida eterna no es algo externo a Jesús que él distribuye, sino su propia vida que comunica a los fieles.
«Qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet» (Jn 11,25), la promesa tiene una estructura paradójica: «quien cree en Mí, aunque muera, vivirá». La muerte física no destruye la vida que el fiel recibió por la fe, porque esa vida es la vida de Jesús que no está sujeta a la muerte. Y «omnis qui vivit et credit in me, non morietur in aeternum» (Jn 11,26).
Quien vive la vida en fe no morirá eternamente: la muerte física no es más que una transición hacia la vida plena. La doble promesa abarca ambos aspectos de la condición humana: los que ya han muerto (resucitarán) y los que aún viven (no morirán eternamente).
La pregunta de Jesús, «¿Crees esto?» (Jn 11,26), transforma la autorrevelación en un desafío personal: no basta con escuchar la afirmación, se requiere la respuesta de fe. La respuesta de Marta («Sí, Señor, sé que él resucitará…») muestra la importancia de la fe en la respuesta personal a la revelación divina.
«Credo quod tu sis Christus, Filius Dei, qui in hunc mundum venturus erat» (Jn 11,27) es la confesión más completa del cuarto Evangelio, paralela a la confesión de Pedro en Mt 16,16. Marta, la mujer que sirve (Lc 10,40), formula la confesión de fe más completa de los escritos joánicos: «Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que había de venir al mundo».
III. «Credo quod tu sis Christus»: la confesión de Marta y la fe de María de Nazaret
La confesión de Marta, «Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que había de venir al mundo» (Jn 11,27), es, en la estructura del cuarto Evangelio, la respuesta ejemplar a la autorrevelación de Jesús como «Yo soy la resurrección y la vida». Marta no espera ver la prueba de la resurrección de Lázaro para confesar; confiesa antes de cualquier milagro, basada en la palabra de Jesús. Esta fe que precede a la prueba es el modelo joánico de la fe cristiana: «beati qui non viderunt et crediderunt» (Jn 20,29).
La confesión de Marta es estructuralmente paralela a la confesión de María de Nazaret en la Anunciación. Ambas reciben una palabra imposible (una, que su hermano muerto resucitará; la otra, que concebirá al Hijo de Dios siendo virgen) y ambas responden con la aceptación de la palabra. El «Sí» de María es el inicio de una historia de salvación que culmina en la plenitud de los tiempos. El «fiat» de María de Nazaret (Lc 1,38) y el «Creo» de Marta de Betania (Jn 11,27) expresan dos formas de la misma respuesta de fe: la aceptación de la palabra de Dios que trasciende los límites de la experiencia humana.
La devoción mariana que asocia a María de Nazaret con esta escena no es forzada: María de Nazaret estaba con Jesús en Betania (es plausible dado el contexto de Jn 11-12), y la confesión de Marta es la confesión que María había vivido desde la Anunciación. La «fe en la Resurrección» que Marta confiesa ante el sepulcro de Lázaro es la misma fe que María vivió el Sábado Santo ante el sepulcro del Hijo, la fe de quien dice «Creo que Tú eres la Resurrección y la Vida» cuando todo, empíricamente, apunta a lo contrario.
IV. Marta, María, Lázaro: servicio, contemplación y Resurrección
La familia de Betania representa, en la tradición espiritual, tres dimensiones complementarias de la vida cristiana: Marta, el servicio activo; María de Betania, la contemplación; y Lázaro, la muerte y resurrección que todo cristiano experimenta a través del Bautismo. La cena de Lc 10,38-42 (María a los pies de Jesús, Marta sirviendo) fue interpretada por Agustín y la tradición monástica como figura de la tensión entre la vida activa y la vida contemplativa, no como oposición, sino como complementariedad.
La elevación de la fiesta de Marta, María y Lázaro a fiesta litúrgica en 2021 reconoce que las tres figuras son inseparables: no hay contemplación auténtica sin servicio (Marta sin María sería activismo vacío), no hay servicio auténtico sin contemplación (María sin Marta sería pasividad quietista), y ambas necesitan de la experiencia de la muerte-resurrección que Lázaro simboliza (sin la experiencia del sepulcro, la fe queda en teoría). La familia de Betania es, en este sentido, un ícono de la comunidad cristiana integrada.
María de Nazaret integra estas tres dimensiones: sirvió (en la Visitación a Isabel, en los treinta años de Nazaret, en las bodas de Caná), contempló («conservaba y meditaba en su corazón», Lc 2,19.51) y atravesó el sepulcro (el Sábado Santo entre la muerte del Hijo y la Resurrección). La fiesta de Marta, María y Lázaro es, indirectamente, una meditación sobre María de Nazaret, que, como Marta, sirvió y confesó. Como María, contempló y escuchó. Y como Lázaro, fue llamada por el nombre del Hijo que resucitó del sepulcro y la llamó a una nueva vida.
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