He aquí que la Virgen concebirá: Is 7, Rom 1 y el sueño de José en Mt 1

Ecce virgo concipiet et pariet filium, et vocabitur nomen eius Emmanuel.
Is 7,14

El cuarto domingo de Adviento del Año A es el domingo más explícitamente mariano de todo el año litúrgico: Is 7,10-14 anuncia que la virgen concebirá y dará a luz un hijo llamado Emmanuel. Rom 1,1-7 proclama que el Hijo de Dios nació de la simiente de David según la carne. Mt 1,18-24 narra el nacimiento de Jesús desde el punto de vista de José: un ángel le revela en sueños que lo que ha sido engendrado en María viene del Espíritu Santo y que él debe poner al hijo el nombre de Jesús, porque él es quien salvará a su pueblo de sus pecados, cumpliendo lo que el Señor había dicho por el profeta Isaías. El Adviento llega a su última semana con el anuncio que lo define: Dios con nosotros.

I. La primera lectura: Is 7,10-14

El contexto es político: el rey Acaz de Judá se niega a pedir una señal al Señor, invocando la piedad de no tentar a Dios (Is 7,12). La negativa es en realidad desobediencia disfrazada de humildad. Isaías responde que el Señor dará una señal por su libre iniciativa: «He aquí que la joven concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel» (v.14). La señal se da no a Acaz, sino a la «casa de David» (v.13): trasciende la situación inmediata. La palabra hebrea es «almah», joven en edad de casarse, que los Setenta tradujeron por «parthenos», virgen. Mateo leerá en esta traducción griega el anuncio de la concepción virginal de Jesús. El nombre Emmanuel, Dios con nosotros, es el corazón teológico de todo el Adviento: la venida que se espera no es la de un profeta o un líder, sino la de Dios que se hace carne. La señal que Acaz se negó a pedir es la mayor señal de la historia.

II. La segunda lectura: Rom 1,1-7

Pablo abre la carta a los Romanos con una presentación del Evangelio que es al mismo tiempo una confesión de fe: el Evangelio de Dios fue prometido de antemano por sus profetas en las Sagradas Escrituras (Rom 1,2). Tiene por objeto a su Hijo, nacido de la simiente de David según la carne (v.3), y constituido Hijo de Dios en poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos, Jesucristo nuestro Señor (v.4). La doble filiación de Jesús, «de la simiente de David según la carne» y «Hijo de Dios según el Espíritu», es el corazón de la fe cristológica. La carne viene de David: el linaje humano real que el Antiguo Testamento preparó. El Espíritu viene de Dios: el origen divino que Is 7 anuncia y Mt 1 narra. Pablo escribe sin nombrar a María, pero el «nacido de la simiente de David según la carne» presupone a la madre que transmite esa carne. La Encarnación pasa por la genealogía, y la genealogía pasa por María.

III. Evangelium: Mt 1,18-24

Mateo narra el nacimiento de Jesús desde el punto de vista de José. María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18). José, siendo justo y no queriendo exponerla a la vergüenza pública, resolvió repudiarla en secreto (v.19). Mientras deliberaba, el ángel del Señor se le apareció en sueños: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido engendrado viene del Espíritu Santo» (v.20). «Ella dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él es quien salvará a su pueblo de sus pecados» (v.21). Mateo añade la nota teológica: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había dicho por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros» (vv.22-23). José despierta y hace lo que el ángel le había ordenado: toma a María por esposa, pero no la conoció hasta que ella hubo dado a luz al hijo, y le puso por nombre Jesús (v.24). La narración de Mateo está construida sobre la obediencia: el ángel anuncia, José obedece. La Encarnación depende de dos síes: el de María, que Lucas narra, y el de José, que Mateo narra. El Hijo de Dios entró en el mundo por dos actos de fidelidad humana.

IV. María y la señal de Emmanuel

Is 7,14 es el texto del Antiguo Testamento más directamente referido a María en la liturgia cristiana. La señal que Acaz se negó a pedir, y que el Señor dio por su iniciativa, es la virgen que concibe. María no es solamente el contexto biológico del nacimiento de Jesús: es la señal elegida por Dios. La concepción virginal no es solamente un hecho biológico extraordinario: es el modo como Dios decidió manifestar el origen divino del Hijo. Si Jesús hubiera nacido por generación ordinaria, podría haber sido tomado por un profeta o un rey más. La concepción virginal afirma que su origen no es humano, que el Emmanuel viene de Dios. María, que dice «hágase según tu palabra» (Lc 1,38), es la respuesta a Acaz, que se negó a pedir. Donde el rey desconfía, la sierva confía. Donde el poderoso finge humildad para esquivarse, la humilde acepta el peso de la elección divina. Rom 1 proclama que el Hijo nació de la simiente de David según la carne: es la carne de María. El Emmanuel, Dios con nosotros, es Dios-en-María antes de ser Dios-en-nosotros. María es el primer «con nosotros»: el lugar donde Dios decidió estar antes que cualquier otro.

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