La recepción de la Anunciación y el lugar de la fe

O acolhimento da Anunciação e o lugar da fé

La aceptación de la Anunciación y el lugar de la fe

Limitada a la aceptación de la obra salvadora de Dios, la maternidad de María no puede ocurrir sin fe. Por ello, la escena termina con estas palabras: he aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra, en las que reconocemos la cúspide de todo comportamiento religioso ante Dios, pues María expresa, en mayor grado, la disponibilidad pasiva combinada con la prontitud activa, el vacío más profundo que acompaña a la mayor plenitud.

Toda la tradición reforzará esta relación entre maternidad y fe hasta el punto de hacer de la maternidad una forma singular de fe y del seguimiento a la fe una forma singular de maternidad. Creer se ve así como acoger y donar a Cristo, como generarlo en la historia humana.

La obra de la gracia se realiza en el abandono de una vida animada y guiada por la fe. Esta fe, que el Dei Verbum 5 presentará como la actitud de quien se totum Deo libere committit (se confía libre y totalmente a Dios), debe ser bien comprendida: no es ante todo un acto de pensamiento personal, una creación de la inteligencia humana, sino la aceptación del pensamiento divino y de un pensamiento expresado concretamente en la forma de una palabra. Creer es abrirse a esta palabra y recibir todo el pensamiento que ella manifiesta.

María es un modelo ejemplar de este acogimiento:

  1. su escucha de la Palabra,
  2. su conservación y meditación a la imagen de los profetas y sabios del Antiguo Testamento.

Todas estas características nos permiten hacer de su peregrinatio fidei, peregrinación de fe, un modelo para el camino de cada fiel. Corresponde a la Mariología elaborar el extraordinario camino de esta figura que nos es dada en términos histórico-midrásticos, es decir, a través de una historia que pretende narrar el modelo central de vida de fe, trinitaria y eclesial.

El encuentro de la palabra con María

Para desarrollar una comprensión teológica del encuentro entre la Palabra y María, no basta con la simple narrativa bíblica: es necesario desarrollar teológicamente el encuentro. Como se trata de un encuentro, solo será posible si este es totalmente personal. Solo las categorías personales nos permitirán respetar la singularidad de la figura de María y su papel al lado de Jesús. La Madre como modelo de la hija de Sión debe ser pensada no según modelos individualistas, sino según modelos comunitarios e histórico-salvíficos.

Comentando el término «llena de gracia» en la Encíclica Redemptoris Mater 8, San Juan Pablo II capta una síntesis de las revelaciones y promesas del Antiguo Testamento. Concluye así que «en el misterio de Cristo ella ya está presente antes de la creación del mundo como aquella que el Padre eligió como Madre de su Hijo en la Encarnación y, junto con el Padre, el Hijo la eligió, confiándola al Espíritu de santidad».

Aquí tenemos una lengua personalista que, con énfasis en la elección o elección, recurre a las historias vocacionales, presentando así a María a la luz del llamado de Dios. Esta indicación es preciosa porque nos permite recuperar momentos clave de la figura de María en relación con el Dios de hesed (gracia) y dabar (palabra): la vocación, de hecho, es precedida por la elección y seguida por una misión, y todas las tres corresponden en María a una dinámica que la presenta unida de manera muy especial y excepcional a Cristo y como amada en este Hijo eternamente amado.

La elección de María

Elección es un término que, en las narrativas vocacionales, remonta a una decisión divina antes del nacimiento: es lo que nos dicen Jeremías y Pablo, pero sobre todo lo que se dice de todo cristiano:

«Dios, de hecho, ‘nos eligió en él antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mácula ante él en amor’ (Efesios 1,4).»

Esta elección no se refiere a una voluntad divina genérica, sino a aquella que el Padre manifestó al enviar al Hijo. Finalmente, esta elección nada más es que la raíz del evangelio, su fundamento eterno.

Recogiendo los mejores aspectos de la mariología, San Juan Pablo II abordará este tema de forma más amplia y lo hará en la…Redemptoris Mater 8, al comentar la pasada de la Anunciación, observará que María está presente en el misterio de Cristo «ya antes de la creación del mundo», como aquella que el Padre «escogió como madre de su Hijo en la Encarnación», y junto con el Padre, el Hijo la eligió, confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de modo muy especial y excepcional, y de la misma manera es amada eternamente en este Hijo amado, en este Hijo consustancial al Padre, en el que se concentra toda la «gloria de la gracia».

En el número 9 de la Redemptoris Mater, resumirá estas indicaciones concluyendo que:

«la elección de María es bastante excepcional y única. De ahí también la singularidad de su lugar en el misterio de Cristo».

Sin embargo, será en el número 11 donde descubrimos que, como señal de la elección divina, María:«Se encuentra en el centro de esa enemistad, de esa lucha que acompaña a la historia de la humanidad en la tierra y a la historia de la salvación. Esta elección es más poderosa que cualquier experiencia del mal y del pecado, que toda esa enemistad que marca la historia del hombre».

En general, se puede decir que la elección de María como Madre es «su particular» medio de acceso al misterio de este Hijo, Salvador de la humanidad. En este sentido, la maternidad, al concretizarse de modo personal, prepara a María para su tarea y le da la movilidad para una respuesta coherente. Aquí hay algo que pertenece a cada discípulo y algo que pertenece únicamente a María.

El hecho de que el «sí» de María sea desprivatizado, socializado y transformado en espacio y sustrato de comunidad pertenece a todo discípulo, en virtud de aquella gracia que lo elige para participar de la misión de Cristo. Por otro lado, solo la elección de la Theotókos para la maternidad pertenece a María. También se puede observar que el lugar de esta comunidad es ocupado al mismo tiempo de forma personal, de la manera más concreta, por la madre de Jesús, que en su misión es así también la madre de sus hermanos.

Este es el misterio de la libertad de María. Su «sí» libre, exigido por aquella libertad divina que dispone definitivamente del sentido del mundo, está incluido, como acto personal y libre, en la decisión divina sobre el mundo. La cuestión de si María podría o no haber escapado de esta cooperación queda superada en ese acuerdo eterno de libertad finita e infinita. Este acuerdo debe entenderse en el sentido de que la finitud creativa de María, como la de cualquier otra persona, pero aún más por su imaculada creación, conserva una referencia a un sentido ulterior de sentido, a una medida trascendente de verdad y de amor que, en su desproporción, representa la razón última de la falibilidad humana.

La coincidencia incompleta de la persona humana con aquella necesidad del infinito se resuelve en María a través de aquella relación receptiva entre el amor infinito del Hijo y el amor finito de la madre, que, por gracia y participación, confiere al amor finito de la madre aquella universalidad y aquella definitividad que son propias del misterio del Hijo que entró en el mundo humano. En esta madre, totalmente absorta en el amor salvífico del Hijo, la posibilidad del pecado no proyecta sombra alguna. Su redención del pecado original, que la fe de la Iglesia vincula a una gracia que preserva a María desde su concepción, parece así ser una manifestación del amor divino.

La elección de María, deseada en unión con Jesús, confiere al mundo creado una perfección de gracia de otra forma inalcanzable: en María, no solo es elegida aquella que es preservada de todo pecado actual y original por los méritos de Cristo, sino que también en la Madre de Jesús se expresa ese anhelo que impregna la creación. En María, la creación regresa a su Creador como alabanza, acción de gracias y un canto perfecto de amor.

María es la cúspide de una historia de dinamismo animado por la gracia de Cristo y destinada a traer todo de vuelta a Él. La comunión de María con aquel Espíritu que es potencia del don de la vida trinitaria en forma de alianza materna de Dios con toda la humanidad, por un lado, hace de María el símbolo de la nueva humanidad traída por Cristo y, por otro, la configura según los términos esponsales característicos de la Iglesia.

El Espíritu es el Espíritu de Jesús, y en virtud de su presencia, es María quien cambia y se convierte en la transparencia de su amor. En la práctica, la maternidad es la estructura personal que la gracia asume en María: una maternidad en la que «Dios es el Padre», una maternidad que debe ser vista exclusivamente desde la perspectiva de la trascendencia, y no solo en relación con la madre y su convertirse en madre. Por eso, su maternidad divina se completa en la forma de madre de todos los fieles.«Amados discípulos».

Para profundizar en la reflexión sobre la recepción de María en la Anunciación y su camino de fe, consulte la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, que analiza en profundidad la fe de María desde la Anunciación hasta el Pentecostés.

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