Perseveraban en la oración: 1Pe 1:1, 4 y la oración sacerdotal en Jn 17

Hi omnes erant perseverantes unanimiter in oratione cum Maria matre Iesu.
Hch 1,14
En el VII Domingo de Pascua del Año A, entre la Ascensión y Pentecostés, los apóstoles, junto con María, perseveraron en oración en el Cenáculo, esperando el Espíritu. Los tres textos litúrgicos se articulan en torno a la oración y la espera. Hechos 1,12-14 narra el regreso de los apóstoles al Cenáculo después de la Ascensión: perseveraron unánimemente, con las mujeres, con María, madre de Jesús, y con sus hermanos. 1 Pedro 4,13-16 invita a alegrarse por participar en los sufrimientos de Cristo, porque el Espíritu de gloria descansa sobre los que sufren por su nombre.
Los versículos Jn 17,1-11a presentan la oración sacerdotal de Jesús: ha llegado la hora de glorificar al Hijo, la vida eterna es conocer al Padre y al Enviado; guárdalos en tu nombre. Los tres textos describen el mismo período entre la partida de Cristo y el don del Espíritu, en el que los apóstoles perseveraban en la oración y en la espera.
I. Perseveraron en la oración en el Cenáculo: Hechos 1,12-14
Después de la Ascensión, los apóstoles regresan del Monte de los Olivos a Jerusalén. Suben al Cenáculo: Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón Zelota y Judas hijo de Santiago. «Todos ellos perseveraban unánimemente en la oración, junto con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14).
Este versículo es el único lugar en todo el Libro de los Hechos en que la Virgen María es mencionada por su nombre. Su presencia no es marginal: está en el corazón de la comunidad orante que espera al Espíritu. El Cenáculo entre la Ascensión y Pentecostés es el modelo de toda la Iglesia en todo momento: una comunidad unida que persevera en la oración, esperando el don del Espíritu que Cristo prometió.
II. Segunda lectura: 1Pe 4,13-16
«Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también, al manifestarse su gloria, os regocijéis con gran gozo» (1Pe 4,13). La participación en los sufrimientos de Cristo no es derrota: es el camino que conduce a la participación en su gloria.
El Apóstol añade: «Si sois insultados por causa del nombre de Cristo, bienaventurados sois, porque el espíritu de gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros» (v.14). Sufrir como cristiano no es vergüenza: es ocasión de glorificar a Dios (v.16). El VII Domingo, entre la Ascensión y Pentecostés, es el tiempo en que la Iglesia persevera en la oración y en la espera, mientras soporta la presión de un mundo que no reconoce lo que ella espera.
III. Evangelio: Jn 17,1-11a
En la noche de la Última Cena, Jesús levanta los ojos al cielo y ora: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique» (Jn 17,1). La hora es la hora de la Pasión que conduce a la Resurrección, y la glorificación es recíproca: el Hijo glorifica al Padre por la obediencia hasta la muerte, y el Padre glorifica al Hijo por la Resurrección.
«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo» (v.3). Jesús relata lo que hizo: dio a conocer el nombre del Padre a los que el Padre le había dado. «Las palabras que me diste, se las he dado» (v.8). Ahora pide al Padre que los guarde: «Padre santo, guárdalos en tu nombre que me diste, para que sean uno como nosotros» (v.11a).
La oración sacerdotal de Jesús es el modelo de cómo los discípulos perseveran en la oración: interceder por los que les han sido confiados, pedir la unidad, manifestar el nombre del Padre, revelar que la vida eterna es conocimiento y amor trinitario.
IV. María y los apóstoles perseveran en la oración
En Hch 1,14, María se coloca en el corazón de la comunidad orante entre la Ascensión y Pentecostés: es el único texto de los Hechos que menciona explícitamente a la Virgen María. Su presencia en el Cenáculo no es decorativa: es el fundamento de una tradición contemplativa que ve en María el modelo de toda la oración de la Iglesia. María ya había recibido el Espíritu en la Anunciación, pero ahora espera, con la comunidad, el don del Espíritu para todos.
1Pe 4 habla de participar en los sufrimientos de Cristo: María participó en los sufrimientos de Cristo al pie de la Cruz de modo único, y fue por ello elevada a la gloria en la Asunción. Jn 17 es la oración sacerdotal de Jesús: al pedir «guárdalos en tu nombre», Jesús incluyó a María de modo eminente, pues ella era la que más plenamente pertenecía al nombre del Padre, llena de gracia desde el principio.
En el VII Domingo de Pascua, la Iglesia hace lo mismo que los apóstoles en el Cenáculo: persiste en la oración unánime, con María que preside en la espera, hasta que llegue Pentecostés y el Espíritu transforme la espera en misión.
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