El tesoro oculto y la sabiduría de Salomón: 1 Corintios 3:3, Romanos 8 y Mateo 13

Omnia cooperantur in bonum iis qui diligunt Deum.El decimoséptimo domingo del Tiempo Común del Año A reúne tres textos en torno al tesoro que vale más que todo y la sabiduría que sabe reconocerlo. 1 Reyes 3,5.7-12 narra el sueño de Salomón: Dios le ofrece lo que desee, y él pide no riqueza ni victoria, sino un corazón entendido para gobernar. Romanos 8,28-30 asegura que todo coopera para el bien de los que aman a Dios, que los predestinó, llamó, justificó y glorificó. Mateo 13,44-52 cuenta las parábolas del tesoro escondido y la perla preciosa: quien los descubre vende todo para obtenerlos. Los tres textos convergen en la misma intuición: hay un bien que supera a todos los bienes, y la sabiduría consiste en reconocerlo y elegirlo sin reservas, dejando atrás lo que parecía valioso.
Rm 8,28
I. La primera lectura: 1 Reyes 3,5.7-12
El Señor aparece a Salomón en un sueño en Gabaón y dice: «Pide lo que quieras que yo te dé» (1 Reyes 3,5). Salomón reconoce su limitación: «Soy aún joven y no sé cómo debo comportarme» (v.7). Pide no lo que la lógica del poder sugeriría: «Dame un corazón dócil para gobernar a mi pueblo y para discernir entre el bien y el mal, porque ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» (v.9). Dios elogia su elección: Salomón no pidió vida larga, ni riqueza, ni la muerte de sus enemigos, sino discernimiento para hacer justicia. Y por pedir esto, recibirá también lo que no pidió: «Te daré un corazón sabio e inteligente, como nadie antes de ti tuvo ni después de ti tendrá» (v.12). La sabiduría de Salomón es la parábola de la perla: quien reconoce el valor supremo del discernimiento, encuentra todo lo que necesitaba.II. La segunda lectura: Romanos 8,28-30
Pablo enuncia uno de los principios más densos de su teología: «Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de aquellos que aman a Dios, de los que han sido llamados según su propósito» (Romanos 8,28). «Todas» incluye el sufrimiento, la debilidad, la incertidumbre, el jojo mezclado con el trigo: nada está fuera del alcance del propósito de Dios para los que lo aman. Y el fundamento de esta certeza es la cadena de la predestinación: «A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó» (vv.29-30). La glorificación se enuncia en el pasado, «los glorificó», porque Pablo habla de lo que Dios ya decidió: la historia aún no ha terminado, pero la decisión de Dios es anterior a la historia e irrevocable.III. El evangelio: Mateo 13,44-52
Jesús cuenta tres parábolas breves. La primera: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo encuentra lo esconde de nuevo y, lleno de alegría, va y vende todo lo que tiene para comprar aquel campo» (Mt 13,44). La segunda: «El Reino de los Cielos también es semejante a un mercader que busca perlas finas. Cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo lo que tiene para comprarla» (vv.45-46). Las dos parábolas tienen la misma estructura: descubrimiento, alegría, venta de todo, compra. Lo que cambia es el tipo de descubrimiento: en la primera, el hombre encuentra por casualidad (tropezó con el tesoro). En la segunda, el mercader busca activamente. En ambos casos, la reacción es idéntica: «vende todo». El Reino no es una adición a la vida existente: es la sustitución de todo lo demás por lo único que vale. La tercera parábola describe la red que recoge peces de toda especie: en la orilla, los buenos se separan de los malos. Es la misma lógica del joio y el trigo: la separación viene, pero no ahora. Al escriba que se convirtió en discípulo del Reino, Jesús le compara al dueño de casa que «saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (v.52): la novedad del Evangelio no anula la riqueza de las Escrituras, sino que las cumple.IV. María y la perla preciosaRom 8,29 habla de predestinación para ser conforme a la imagen del Hijo. La tradición mariológica reconoció en María a la criatura más predestinada: la elegida antes de todos los tiempos para ser la Madre del Hijo, la preservada del pecado original precisamente para que la imagen del Hijo brillara en ella sin obstáculos. Salomón pidió sabiduría y recibió todo. María recibió todo porque fue elegida para la misión suprema, y en esa elección recibió la gracia plena. Las parábolas de Mt 13 iluminan la respuesta de María a la Anunciación: cuando el ángel anunció, María encontró el tesoro escondido. La respuesta «hágase en mí según tu palabra» es el «vende todo» de la parábola: María no negoció, no pidió garantías, no exigió condiciones. Vendió toda su autonomía para comprar el campo donde el Hijo de Dios vendría a habitar. La tradición litúrgica la llamó «Sedes Sapientiae», Sede de la Sabiduría: no solo porque generó a la Sabiduría encarnada, sino porque en su persona se realizó la elección que Salomón hizo en sueño, ahora en plena vigilia y plena libertad.Pós-Grado en Mariología
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