El nacimiento que preparó la salvación: Mc 5, Rm 8 y Mt 1, Natividad de Nuestra Señora

O nascimento que preparou a salvação: Mq 5, Rm 8 e Mt 1, Natividade de Nossa Senhora

Los que predestinó, a estos también llamó. Quién llamó, justificó. Quién justificó, los glorificó.

«Los que predestinó, a estos también llamó. Quién llamó, justificó. Quién justificó, los glorificó» (Rm 8,30)

I. De Belén saldrá el gobernante de Israel

La primera lectura de la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora pertenece al Libro de Miqueas y presenta la profecía del origen betlemita del Mesías: «Y tú, Belén, pequeña entre las ciudades de Judá, de ti saldrá el que gobernará a Israel. Sus orígenes son antiguos, son de la eternidad». Esta profecía, citada por los magos en respuesta a la pregunta de Herodes sobre el lugar del nacimiento del Mesías, señala una realidad paradójica: el gobernante eterno surge de la más pequeña de las tribus. La grandeza de Dios se manifiesta siempre a través de la humildad humana.

La liturgia coloca esta profecía en el contexto del nacimiento de María porque ella es la preparación humana más directa para el cumplimiento de la profecía de Miqueas. María pertenece a la tribu de Judá, a la descendencia de David, arraigada en la misma tradición de donde debía surgir el Mesías. Su nacimiento, celebrado en esta fiesta, es el eslabón final de una cadena que Dios ha estado preparando desde tiempos antiguos: los patriarcas, los reyes, los profetas, hasta la joven que nació de Joaquín y Ana y será la Madre del gobernante anunciado por Miqueas.

La profecía concluye con una imagen de cuidado maternal: «Él estará firme y apacentará a su rebaño con el poder del Señor, con la majestad del nombre del Señor su Dios. Habitarán en seguridad, porque entonces será grande hasta los confines de la tierra». El pastor que anuncia Miqueas es el Hijo que María va a generar. Y María, al apacentar al Hijo en sus primeros años de vida, participa de la misión pastoril del Hijo. El nacimiento de María es el nacimiento de la pastora que formará al pastor.

II. Predestinados antes de la creación del mundo

La segunda lectura de la Carta a los Romanos presenta la gran cadena de la predestinación divina que la mariología ha aplicado de modo singular al caso de María: «Sabemos que todo concurre para el bien de aquellos que aman a Dios, de los que han sido llamados según su propósito. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó para que fuesen conformes a la imagen de su Hijo». La predestinación paulina no es fatalismo. Reconocimiento de que el amor de Dios precede toda historia y toda decisión humana: Dios amó a sus hijos antes de que existieran.

La mariología clásica, desde Duns Escoto hasta San Luis María Grignion de Monfort, desarrolló la teología de la predestinación de María como parte constitutiva del plan eterno de Dios. Si el Hijo fue predestinado desde la eternidad, también lo fue la Madre del Hijo. Esta co-predestinación de Cristo y María no significa que María sea igual al Hijo, sino que su papel en la redención es eterno como el propio plan. Dios no improvisó la Encarnación. La preparó desde siempre, y esa preparación incluye la predestinación de María.

La cadena de Romanos 8,30 se aplica a María de modo ejemplar: ella fue predestinada, llamada en la Anunciación, justificada por la gracia de la Concepción Imaculada y glorificada en la Asunción. Cada eslabón de esta cadena se realizó en María de manera singular, anticipada y completa. El nacimiento que celebramos en esta fiesta es el comienzo temporal de una existencia que Dios había proyectado en la eternidad. Celebrar el nacimiento de María es celebrar la fidelidad de Dios a su plan eterno de salvación.

III. La genealogía de Mateo y el lugar de María en la historia

El evangelio de la Natividad de Nuestra Señora es la genealogía de Mateo, que va de Abraham a Jesús a través de cuarenta y dos generaciones. Esta elección litúrgica posee una profundidad teológica que vale la pena contemplar. La genealogía no es un texto devocional en el sentido habitual. Es un documento de historia de la salvación: muestra que Jesús no cayó del cielo como un ser extraño a la historia humana, sino que entró en ella a través de una larga serie de hombres y mujeres concretos, con sus pecados y fidelidades, con sus fracasos y esperanzas.

La genealogía de Mateo es notable por la inclusión de cuatro mujeres antes de María: Tamar, Raqma, Rut y «la mujer de Urias» (Betsabá). Todas ellas tienen historias irregulares o sorprendentes. Tamar se disfrazó de prostituta. Raqma era una prostituta de Jericó. Rut era una moabita extranjera. Betsabá fue la mujer de un matrimonio adúltero. Esta inclusión no es accidental. Mateo muestra que la genealogía mesiánica no siguió la lógica de la pureza étnica o moral humana, sino la lógica de la gracia de Dios que actúa a través de situaciones inesperadas.

Al final de la genealogía, Mateo presenta el nacimiento de Jesús de una manera que distingue radicalmente la generación de Jesús de la de los demás: «José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo». La formulación es cuidadosa: no «José generó a Jesús» como en los casos anteriores, sino «María, de la cual nació Jesús». La virginidad de María, explicada en el episodio que sigue, coloca el nacimiento de Jesús fuera de la lógica biológica de la generación humana. El nacimiento de María que celebramos hoy es el inicio de una historia que culminará en este nacimiento virginal del Hijo de Dios.

IV. El nacimiento de María en la teología, la aurora que precede al sol

La Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora es, después de Navidad y San Juan Bautista, una de las tres fiestas del nacimiento de una persona en el calendario romano. Este hecho litúrgico es elocuente: el nacimiento de María se celebra como un acontecimiento de salvación, no solo como la conmemoración de un cumpleaños. La Iglesia reconoce que con el nacimiento de María «comenzó la aurora de nuestra salvación», como dice el oficio de esta fiesta. La aurora no es aún el sol, pero sin la aurora el sol no habría cómo nacer.

La tradición apócrifa, particularmente el Protoevangelio de Santiago, dio nombres a los padres de María: Joaquín y Ana. Aunque estos datos no forman parte del canon bíblico, la veneración litúrgica de San Joaquín y Santa Ana (celebrados el 26 de julio) refleja la conciencia de la Iglesia de que la Madre de Dios tuvo una familia, una infancia, una historia humana concreta. María no surgió de la nada. Nació como cualquier ser humano, de padre y madre, en una familia y en una comunidad, marcada por la tradición religiosa de su pueblo.

La predestinación de la que habla Pablo se realiza concretamente en el nacimiento de María: Dios llamó a la existencia, en un momento preciso de la historia y en un lugar concreto de Galilea, a quien sería la Madre de su Hijo. No hay accidente en este nacimiento. Hay providencia. Y la Iglesia que celebra este nacimiento reconoce que la historia de la salvación pasa por la carne, la sangre, las lágrimas y la alegría de madres reales que dieron a luz a hijos reales. El Nacimiento de María es el comienzo del fin de la larga espera: la aurora está naciendo y el Sol no tarda.

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