Nuestra Señora de las gracias o de la gracia: conclusión.

«Gracias» o «da Gracia»? La distinción teológica: la gracia como participación en la vida trinitaria y María como ícono de la gracia santificante

La Gracia como participación en la vida divina
La Gracia puede ser vista como la comunión con el Padre a través de Cristo en el Espíritu. El proceso educativo agraciado educa a los seres humanos a liberarse del pecado y a realizar la divinización (theosis). La Patrística enuncia de la siguiente forma este misterio:
«Deus se fez homem para que o homem se tornasse Deus»
Aquí el Nuevo Testamento habla de la efusión del Espíritu como principio de renacimiento (Jn 3,5-7), de vida nueva (Rom 5,5, 6,4), de vida filial (Rom 8,15-16, Gal 4,6) y de vida eterna (Rom 6,23).
La doctrina de la justificación se centró en la absolución y perdón de los pecados, dejando de lado el renacimiento para la vida nueva. En realidad, la justificación coloca al hombre en una nueva relación con Dios, pero el renacimiento según el Espíritu transforma la vida interior, la semilla de vida, y lo coloca en una posición diferente para enfrentar la vida. En esencia, la aceptación de la Gracia no es una obra humana. Quien recibe un don no participa en la iniciativa del don, solo lo acoge, pero solo existe un don cuando es acogido. Si no es acogido, existe la buena intención de quien ofrece, y en nuestro caso, el don de Dios es Cristo. Hasta ser acogido en libertad, no se realiza como ofrenda. En este sentido, la doctrina de Pedro acerca de nuestra participación de la naturaleza divina (2 Ped 1,4) refleja esta realidad, pues la identidad de la naturaleza humana es el acogimiento del don de Dios. Lejos de un panteísmo o de una apofasia de un Dios inefable e incomunicable, la luz iluminadora de la Gracia ilumina en la mente del hombre la acción de Dios y lo capacita para relacionarse en la conciencia y en el amor.
Más allá de todas las denominaciones ofrecidas a lo largo de la historia de la teología acerca de la relación como accidente o esencia, hoy somos capaces de mirar al misterio trinitario y a la encarnación como revelación de Dios, y reflexionar que allí estaba María y también el misterio trinitario que irrumpe en la historia para salvarla. La Gracia no es una intervención accidental, casual o incluso aleatoria en la vida del hombre, sino una modalidad sustancial del ser humano que le fue comunicada de la benevolencia divina.
La gracia humaniza al hombre
La definición cristiana de Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre nos ayuda a ver la progresiva humanización que la divinización trajo como mensaje central que converge el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el mundo posconciliar, es inconcebible en el catolicismo el pensamiento de la gracia que nos hace semejantes a Dios, que prescindiera de la necesaria humanización, pues libera la libertad humana de la irresponsabilidad y madura el yo. Cuando vemos a la persona del Mesías, encontramos el paradigma de la insuperable unión entre Dios y el hombre, entre divinidad y humanidad, pero también la fuente, pues solo en el misterio del Verbo encarnado se encuentra la luz del misterio del hombre (Gaudium et Spes 22). En realidad, la divinización no puede significar que el hombre salga de su condición humana. Por el contrario, es la condición de la plenitud humana, pues el diálogo con las personas divinas lleva al hombre a concretar su origen: imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Por lo tanto, podemos concluir que la
La gracia es el objetivo de la vida del hombre: un evento de diálogo que relaciona de manera viva a Dios y al Hombre. Dos elementos son necesarios: la propuesta de Dios y la respuesta del hombre, que se traduce en una relación de amor y en la comunicación de la vida divina. A lo largo de la historia de la salvación, desde la creación hasta la escatología, la gracia encuentra acogida por parte de los miembros del pueblo de Dios, especialmente de los bautizados, porque es un don del renacimiento de la nueva vida divina en el corazón humano, en el Espíritu del Padre y del Hijo.
María y la gracia en el Nuevo Testamento
Jesús, el Cristo, Hijo de Dios vivo, es la plenitud de gracia y verdad (Jn 1,14). En la figura de María, esto se concreta de dos formas: la benevolencia del Padre que sintetiza en María toda la obra del Antiguo Testamento, y la maternidad divina y espiritual resultante de la voluntad del Padre, comunicada al mundo por la Palabra. En realidad, es impensable pensar teológicamente la gracia sin interrogar la plenitud de gracia (Lc 1,28).
La respuesta de María a la Gracia

La benevolencia del Padre que mira a María, que encontró gracia junto a Dios, a través del ángel la denomina en la historia de la salvación por primera vez no como Myriam, sino como kecharitomene ‘llena de gracia’ (Lc 1,28). Este nombre significa receptora permanente del amor divino. Esta palabra de difícil traducción encuentra sus raíces en dar gracias y mostrarse benévolo, indicando una acción de Dios que perdura en el presente. La acción del amor de Dios en María la transforma, pues la bendice y realiza en ella grandes cosas, comenzando por la maternidad virginal del Verbo de Dios.
Toda la narración de la Anunciación demuestra la relación de María con las personas de la Trinidad. El Padre es quien envía la gracia a María, realizando la encarnación del Hijo, que se convierte en hijo de María a través del poder del Espíritu Santo (Lc 1,35), el cual la cubre con su sombra, tal como la Arca de la Alianza fue cubierta por la nube en el desierto. La gracia, entendida como amor hacia las personas de la Trinidad, encuentra en María el espacio para salvar la historia, pues en la Virgen gracia y libertad coinciden. Podemos entonces afirmar que María es imagen de la Trinidad, pues revela la acción de Dios en el mundo y la adecuada respuesta del hombre: plena disponibilidad ante la voluntad del Padre: ‘He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1,38).
María Madre en la orden de la Gracia

El evento pascual narrado en Jn 19,26-27 nos ofrece un evento singularísimo de una vastedad mariológica aún hoy inagotable en la dramática hora de Jesús. Más allá de las interpretaciones socio-caritativas, debemos resaltar la larga y válida tradición patrística, magistral en la lectura teológico-salvífica de este versículo, donde la interpretación teológica del papel de María en la obra de la salvación revela la condición particular de María en el plan de Dios. ¿Qué sentido atribuir a la revelación de María como Madre del discípulo amado? ¿Qué tipo de maternidad? Sobre este argumento, la edad contemporánea ha sabido evocar el contexto de la evocación de María por parte de Jesús como Mujer para encontrar el sentido de la parturienta, señal de bendición en la tradición bíblica y judía. En este sentido, en aquel momento, a los ojos del Verbo crucificado, María representa a Sión, que a partir de aquella hora será la Madre de un Pueblo, los hijos en el Hijo. La hora suprema de la pasión revela al mundo que los hombres son creados en el Espíritu del Padre como Hijos de Dios, y que la intervención de María como Nueva Eva es participar en la nueva vida que procede del mismo Espíritu que la hizo Madre del Hijo del Padre.
Podemos entonces concluir que la Madre de Jesús y del discípulo amado evoca a Sión, Madre y parturienta de un pueblo nuevo de la era mesiánica que continúa la misión de Eva como Madre de los vivientes. En esta alegoría, la figura de la Iglesia como Sponsa Verbi brilla con especial intensidad, encontrando su lugar junto al Esposo en la relación entre Madre e Hijo.
Jesús revela la identidad de María en la historia de la salvación, sin especificar en qué consiste, pero sabemos que debe ser una maternidad que comunique vida, pues el moribundo da su vida para que la tengamos para vivir. De esta forma, podemos comprender cómo en Juan se realiza el renacimiento del agua y del Espíritu (Jn 3,3-7). El Concilio Vaticano II ofrece una lectura decisiva sobre la maternidad al afirmar en Lumen Gentium 53 que María es madre de los miembros de Cristo, y en el nº 61 madre en la orden de la gracia, pues ella, cooperó de forma especial en la obra de la salvación con la obediencia, la fe, la esperanza y ardiente caridad para restaurar la vida sobrenatural de las almas.
Conclusión
Tras este recorrido, podemos extraer algunas conclusiones que implican también nuestra conversión mariológica, pues la percepción actual de María se ha actualizado, progresado y purificado a partir de la luz de la Escritura, alma de la mariología.
El título de Nuestra Señora de las Gracias
Este título implica que María participa de los carismas que el Espíritu Santo ofrece a los miembros del Pueblo de Dios para la edificación de la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles narran a María en medio de ellos cuando fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. No hay razón para negar la glossolalia y la profecía de la experiencia pentecostal de la Madre de Jesús. María, glorificada en cuerpo y alma, se convierte en manifestación del poder del Espíritu y es reconocida como taumaturga, pues el carisma permanente de la Madre del Mesías intercede con prodigios, curas y milagros, como lo documentan siglos de santuarios y la historia del cristianismo, no solo. Reconociendo en María la plenitud de los carismas, a la luz de su protagonismo en la salvación, fruto del amor de Dios por Ella, concluimos que el título de mediadora en Cristo la sitúa, no en un aislamiento catártico, sino en relación con los hombres y con Dios, pues la sitúa en la historia de la salvación, en relación con Cristo y con la Iglesia.
Pero esto por sí solo no basta. La fidelidad al origen de toda la Mariología, que es la Escritura, nos obliga, por coherencia, a hacer una transición de Nuestra Señora de las Gracias a Nuestra Señora de la Gracia. De los dones de la Trinidad divina que trascienden todas las subdivisiones de la gracia, encontramos la santificación, que, una vez aceptada por los bautizados, nos coloca en relación vital con las tres personas divinas. Ahora, la Madre de Jesús puede ser entendida como el paradigma de esta acción permanente de la gracia en ella, que es la kecharitomene, pues su vida y presencia junto a la cruz de Cristo la colocaron como tercera de Cristo junto a la Iglesia, junto con el Espíritu exalado en la Cruz. María es entonces cooperadora del Espíritu en el renacimiento de los hijos en el Hijo de Dios. Por el bautismo, María se convierte en Madre de los fieles, pues participa en los misterios de la redención realizada por el Hijo y también coopera con el amor de Madre en la generación y formación de los fieles.
No podemos menospreciar la posición del Concilio cuando subraya que es el amor de María lo que la lleva a cooperar en el nacimiento de los fieles en la Iglesia. Contemplamos desde la Cruz, trono de gracia, que Jesús nos dio a su Madre María. En el momento de su sacrificio por la humanidad, Él convirtió a María, de alguna manera, en mediadora del flujo de la Gracia que proviene de la Cruz. Junto a la Cruz, María se convierte en compañera y protectora de los hombres a lo largo de la vida hasta la bienaventurada Patria eterna. María intercede por nosotros ante el Hijo, y esta confianza, junto con nuestra gratitud, nos impulsa a renovar nuestra vida cristiana y a ir más allá de las necesidades del momento. María, mistagoga, nos enseña el alcance y la profundidad de nuestra vocación cristiana. Con delicadeza materna, quiere hacernos comprender que toda nuestra vida debe ser una respuesta al amor rico en misericordia de nuestro Dios.
Nuestra Señora de la Gracia, rogad por nosotros!
Para profundizar en el significado teológico del título de María como Nuestra Señora de las Gracias, consulte la Exhortación Apostólica Marialis Cultus de Pablo VI, sobre el culto y los títulos de María en la tradición de la Iglesia.
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