El sentido cristiano popular de la Inmaculada Concepción

El sentido popular de la Inmaculada: María en el corazón del pueblo

El sentido popular cristiano
En la historia del dogma de la Imaculada Concepción, la precedencia del sentido popular cristiano, inspirado, ha ido emergiendo progresivamente la verdad sobre María implícita en la revelación a través del papel extraordinario desempeñado por los fieles. Esto impulsó los datos de la fe a tal punto que llevó a una definición dogmática. Pensemos en lo que sucedió en la península ibérica y luego en los pueblos evangelizados durante la expansión ultramarina, herederos de la vivencia cristiana, sobre todo popular.
El espíritu caballeresco que evoca a la mujer amada, presente en San Ignacio de Loyola, quien estuvo dispuesto a atravesar con la espada a alguien que osó ofender la pureza primordial de María. También es de esta época la necesidad de combatir las insinuaciones contra María desde el mundo judío, que para difamar a Jesús afirmaba el adulterio de María con un soldado romano llamado Pantera.
Nunca será sencillo documentar la fe popular, ya que no se expresa a través de documentos, sino de hechos, iniciativas culturales y artísticas que luego se documentan y, a través de su lectura, se busca alcanzar la inspiración primordial. Sin embargo, en las últimas décadas, especialmente gracias a la fuerza teológica de los documentos de CELAM, se han alcanzado nuevas perspectivas sobre la piedad popular, junto con su enmarcado y valor cristiano de no subestimarla.
Las primeras intuiciones que podemos datar sobre la Inmaculada se encuentran en el tema de la extraordinaria santidad de María, que en el Protoevangelio de Santiago del siglo II ya está presente y resuena en el ambiente popular en torno a la singularidad de la Madre de Jesús. En el escrito también conocido como Natividad de María, encontramos una legenda donde la concepción de María ocurre cuando Joaquín aún está en el desierto, por lo tanto, sin la intervención de un hombre y sin contaminación legal. Claro está, aunque no se habla del pecado original en María, esta lectura deja intuir la necesidad de la santidad perfecta y original de María desde su concepción.

Reflejando claramente el nacimiento virginal de Jesús, la intuición acerca de la santidad de María no carece de sentido teológico, ya que los Padres de la Iglesia la tratan de forma unificada como Toda Santa, Tota Pulchra, Panagia, lo que confirma la convicción teológica. Sin embargo, la forma occidental que conocemos solo en el siglo XI es la que contará con testimonios teológicos maduros que confirman y son inspirados por el uso popular. En este siglo, ya es común la celebración de la fiesta de la Concepción de María, que, una vez negada, desencadenó un levantamiento popular contra los negadores de la concepción inmaculada de María.
Algunos siglos más tarde, en 1435, encontramos el testimonio de Juan de Romiroy, quien en el Concilio de Basilea apeló a la devoción popular como primer motivo que debe llevar a los Padres del Concilio a poner fin a la controversia sobre la Imaculada Concepción. De esta forma, se anularía el efecto de escándalo, donde para negar la Imaculada Concepción se afirmaba que María había sido manchada por el pecado original. Pero ni esta posición teológica, supuestamente correcta al heredar un sistema de gracia y pecado cuantificables, logró apagar la inspiración popular.
La historia de la Imaculada, un poco como sucede en la mariología de nuestros días, tuvo que encontrarse con la razón del dominico Melchior Cano, dominico de la escuela de Salamanca, quien reclamaba para afirmar la verdad o falsedad de las proposiciones en materia de fe un sabio y competente teólogo. Ya en el siglo XVII, encontramos la fe en la Imaculada Concepción como un hecho universal y profundamente arraigado, justificando la creación de confrerías que, con el título de Imaculada Concepción, añadieron a las litanías la invocación Sancta Virgo praeservata.
Sin precedentes en la historia de la Iglesia, el movimiento universitario en el siglo XVII a favor de la Imaculada Concepción con el juramento hasta la efusión de sangre, votum sanguinis, como ocurre en las universidades de Granada y Sevilla, entre otras. Este movimiento se extendió entre las órdenes religiosas, confrerías y fieles, estallando en controversias como la famosa de L.A. Muratori (f. 1750), quien consideraba inmaduro que alguien pudiera arriesgar su propia vida para defender la Imaculada Concepción, ya que esta no había sido declarada dogma de fe por el Magisterio. La respuesta no se hizo esperar y San Alfonso María de Ligorio (f. 1787) refutó la opinión de Muratori por dos razones: el consenso de los fieles y la celebración universal de la fiesta de la Imaculada son razones válidas para tal prueba de firmeza en la fe. En el siglo IX, en Nápoles se celebraba esta fiesta el 9 de diciembre como Conceptio Sanctae Mariae Virginis; en Inglaterra desde el siglo XI y en la Iglesia Universal a partir de 1708 con el Papa Clemente XI.
La presencia femenina merece un destaque especial. Además del texto conocido erróneamente atribuido a Santa Catalina de Siena, que mencionaría el privilegio mariano como un error, encontramos las Revelaciones de Santa Brígida (f. 1373), consideradas auténticas por el Concilio de Constanza (1415) y que tuvieron una gran influencia sobre el dominico Tomás de Campanella (f. 1639), ya que separaba el acto conyugal de Joaquín y Ana de un ejercicio de concupiscencia, considerándolo como una acción de la caridad divina. Otras mujeres, como la portuguesa Beatriz da Silva (f. 1490), fundan congregaciones dedicadas a la Imaculada Concepción, favoreciendo la difusión de esta verdad de fe mariana.

El consenso de los fieles
Cuando el Papa Pío IX decidió proclamar el dogma, se basó en el hecho eclesial en todas sus dimensiones. Es decir, la práctica eclesial es el primer motivo invocado por el Beato para la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Para consultar a la Iglesia sobre este dato de la fe, se enviaron cartas a todos los obispos del mundo con la Encíclica Ubi primum, solicitando reflejar los sentimientos del clero y de los fieles acerca de la Inmaculada. Las respuestas, en su mayoría favorables, confirmaron la intuición Papal y allanaron el camino para la preparación de la bula de definición.
Esta bula contiene una estructura particular, ya que tuvo 9 versiones revisadas que fueron desplazando como primer principio de la Inmaculada no tanto la dimensión histórico-teológica, con un énfasis en los versículos bíblicos, que en realidad son débiles, para la fe actual y la tradición viva de la Iglesia, tanto en su componente laical como clerical. Esta inversión despertó una atención particular de la teología hacia lo que es la voz de la Tradición viviente como locus mariológico. Por lo tanto, podemos concluir que, cumplidos los deseos del mundo católico, se recibe con alegría la definición dogmática y que esta recibe el sensus fidelium como elemento constitutivo del sensus Ecclesiae.
La devoción popular a la Inmaculada refleja el amor del pueblo cristiano a María. Para profundizar, lea la Encíclica Redemptoris Mater de San Juan Pablo II, sobre María en el corazón de la Iglesia y del pueblo cristiano.
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