Ut sint unum: María y la oración por la unidad

Ut sint unum: Maria e a oração pela unidade

Ut omnes unum sint, sicut tu, Pater, in me et ego in te, ut et ipsi in nobis unum sint.
Jn 17,21

«Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos estén en nosotros». La oración sacerdotal de Jesús (Jn 17) culmina en esta petición de unidad: no una unidad organizativa o jurídica, sino una unidad ontológica modelada por la unidad intratrinitaria. La división de la cristiandad, las fracturas entre Oriente y Occidente (1054), entre Roma y la Reforma (s. XVI), son el escándalo que esta oración denuncia y que la vocación ecuménica busca superar. La mariología encuentra en esta oración su más profundo fundamento ecuménico: María, cuya fe fue el origen de la unidad de la Iglesia naciente, está llamada a ser figura de la unidad que Cristo pidió.

I. «Como tú en mí y yo en ti»: el modelo trinitario de la unidad

Jn 17,21 establece el modelo de la unidad eclesial en la unidad intratrinitaria. «Como» (kathos), la misma palabra que estructura el mandamiento del amor (Jn 13,34), apunta a una analogía real, no solo metafórica: la unidad que Jesús pide para los suyos es participación en la unidad del Padre y del Hijo. No una imitación exterior, sino una morada interior: «para que también ellos estén en nosotros» (hina kai autoi en hêmin ôsin).

Esta «morada en nosotros», la vida de los discípulos dentro de la vida trinitaria, es lo que la teología de la gracia describe como «inhabitación de la Trinidad». El Bautismo introduce al fiel en esta morada. La Eucaristía la profundiza. La vida de gracia la sostiene. La unidad de la Iglesia no es, en última instancia, una realización humana; es el fruto de esta morada común en la vida trinitaria. Los cristianos son «uno» en la medida en que están «en» el Padre y «en» el Hijo por el Espíritu.

Las divisiones de la cristiandad son, en esta perspectiva, fracturas en esta morada común. No es que las Iglesias separadas estén «fuera» de la vida trinitaria, sino que su morada en esa vida es parcial, fragmentada, herida por las divisiones históricas. La vocación ecuménica es la vocación de recuperar la plenitud de esta morada común, no por la fusión institucional (que sería una falsificación de la unidad), sino por la conversión al amor que el Espíritu derrama en los corazones (Rom 5,5).

La teología ecuménica del siglo XX, de la que los diálogos bilaterales entre Roma, las Iglesias Ortodoxas y las comunidades de la Reforma son la expresión más concreta, ha buscado articular esta unidad trinitaria como fundamento y como horizonte. El documento de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias (BEM, Baptism, Eucharist and Ministry, 1982) y la Declaración Conjunta católico-luterana sobre la Justificación (1999) son pasos concretos en este camino, animados por la oración de Jn 17.

II. María como figura de la unidad eclesial

María ocupa un lugar singular en la vocación ecuménica de la Iglesia. Por un lado, es venerada, con grados y formas diferentes, por las principales tradiciones cristianas: por el Catolicismo (con sus dogmas marianos y la rica tradición devocional), por la Ortodoxia (con sus iconos de la Theotokos y su himnografía mariana), y, aunque con mayor reserva, por las tradiciones de la Reforma, que nunca abandonaron enteramente la figura mariana (la Confesión de Augsburgo y los Artículos de Esmalcalda preservan su dignidad), y que en el siglo XX conocieron un redescubrimiento significativo en autores como H. Asmussen, W. Stählin y W. Pannenberg, del lado luterano, y en los trabajos de la Comisión Internacional Anglicano-Católica Romana (ARCIC, Mary: Grace and Hope in Christ, Seattle, 2004), del lado anglicano. Esta veneración compartida, aunque marcada por diferencias reales, apunta a una base común.

El documento del Groupe des Dombes (Marie dans le dessein de Dieu et la communion des saints, 1998), resultado de décadas de diálogo entre teólogos católicos y protestantes francófonos, identificó a María como un posible «punto de convergencia» ecuménico. La clave es la distinción entre una mariología cristocéntrica (que presenta a María como figura de Cristo y de la Iglesia) y una mariología que exalta a María en sí misma. La mariología cristocéntrica es compartible por todas las tradiciones. La mariología desconectada de la cristología es fuente de división.

La oración del Rosario, que parece eminentemente «católica» en su forma, ha sido reconocida recientemente por teólogos de otras tradiciones como una forma de meditación de los misterios de Cristo que tiene su valor ecuménico: meditar sobre la Anunciación, la Visitación, la Natividad, la Pasión, la Resurrección con María no es «mariocéntrico», es cristocéntrico hecho desde la perspectiva de la Madre. El Rosario, correctamente comprendido, puede ser una oración ecuménica porque es fundamentalmente una oración sobre los misterios de Cristo.

Juan Pablo II, que tuvo uno de los pontificados más marcados por la devoción mariana del siglo XX, fue también el papa del mayor avance ecuménico de la historia: la visita al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla (1979), la Declaración Común con el Patriarca Bartolomé I (Roma, 29 de junio de 1995), la histórica visita a Rumanía y la declaración conjunta con el Patriarca Teoctist (1999), además de documentos ecuménicos de gran alcance, como la encíclica Ut Unum Sint (1995). Su espiritualidad mariana no fue obstáculo al ecumenismo, fue uno de sus motores, porque él entendía a María como figura de la unidad que Cristo pidió en Jn 17.

III. «Para que el mundo crea»: unidad y misión

Jn 17,21 continúa: «para que el mundo crea que tú me has enviado». La unidad de la Iglesia no es un fin en sí misma, está ordenada a la misión: el mundo «cree» cuando ve la unidad de los cristianos. La división de la cristiandad es, así, no solo una tragedia interna, es un obstáculo para la misión. El mundo que observa a los cristianos dividirse no ve el signo de Jn 13,35 («En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor unos a otros»).

Esta conexión entre unidad y misión tiene una dimensión mariana directa. María, como Mater Ecclesiae, está en el corazón tanto de la unidad como de la misión: ella, que ora con los Apóstoles en el Cenáculo, antes de Pentecostés y antes de la misión universal, es la figura de la Iglesia unida en oración que prepara la misión. El Pentecostés que el Cenáculo aguarda es simultáneamente el don de la unidad (el mismo Espíritu habita en todos) y el don de la misión (el mismo Espíritu envía a todos).

Las Jornadas Mundiales de la Juventud, que Juan Pablo II inauguró en 1986, son uno de los signos contemporáneos más visibles de esta unidad al servicio de la misión. La presencia de María en este evento, el icono mariano de la Salus Populi Romani, confiado por Juan Pablo II a los jóvenes en 2003 y que peregrina con la Cruz de las JMJ, la tradición de confiar los jóvenes a María al final de cada Jornada, expresa la intuición de que la unidad de los jóvenes cristianos del mundo tiene un corazón mariano: María, que reúne a los hijos espirituales de Cristo en torno a sí, es la figura de la unidad que la misión requiere.

La mariología misionera de S. Luis María de Montfort (Tratado de la Verdadera Devoción, nn. 47-59) anunció que los «últimos tiempos», entendidos no en el sentido apocalíptico estricto, sino como referencia al período final de la historia de la Iglesia hacia la parusía, estarían marcados por una intensificación de la devoción mariana como instrumento privilegiado de evangelización. Esta profecía encontró confirmación histórica en los grandes movimientos marianos del siglo XX, Fátima, Medjugorje (objeto de la Nota Gospa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 2024, que reconoce frutos espirituales positivos sin pronunciarse sobre la sobrenaturalidad de las apariciones), las apariciones aprobadas en varias partes del mundo, que coincidieron con una renovación de la misión y de la unidad en muchas Iglesias locales. La conexión entre María y la unidad eclesial misionera es un dato de la experiencia histórica que la teología busca comprender.

IV. «Yo en ellos y tú en mí»: la perfección de la unidad

Jn 17,23: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno». La perfección de la unidad (teteleitai eis hen) es el horizonte escatológico: no será plenamente alcanzada en la historia, pero orienta todo el proceso histórico. Cada paso ecuménico concreto es una anticipación de esta perfección. Cada división mantenida es un rechazo de la vocación que Cristo formuló en su oración más solemne.

María glorificada en la Asunción está ya en esta «perfecta unidad» con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Ella, que es «una» con la Trinidad del modo más pleno posible para una criatura, es la figura y la garantía de la «perfecta unidad» por la que Cristo ora. Contemplar a María en la gloria es contemplar el horizonte de la unidad que aguardamos. Invocarla es pedir que ella interceda por el cumplimiento de la oración que el Hijo elevó al Padre en la noche en que fue entregado.

La tradición ecuménica ha reconocido progresivamente que la unidad no podrá ser puramente institucional o jurídica; tendrá que ser espiritual, de conversión y de oración. La «semana de oración por la unidad de los cristianos» (18-25 de enero) y la «marcha ecuménica» que muchas diócesis promueven son expresiones de esta convicción: la unidad comienza por la oración, que es precisamente lo que Jesús hizo en Jn 17. Y María, que «perseveraba unánimemente en la oración» en el Cenáculo, es el modelo de esta perseverancia orante a la espera del Espíritu que «guía a toda la verdad», incluida la verdad de la unidad que Cristo pidió.

María, figura de la Iglesia unida en oración en el Cenáculo, es el corazón de la vocación ecuménica que Jn 17,21 fundamenta: la unidad que refleja la vida trinitaria y hace al mundo capaz de creer.

Referencias

  • Juan Pablo II, Ut Unum Sint, nn. 21-27 y 79 (1995).
  • Groupe des Dombes, Marie dans le dessein de Dieu (1998).
  • Concilio Vaticano II, Unitatis Redintegratio (1964).
  • S. Luis María de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 49-54.
  • H. U. von Balthasar, El Oficio de Pedro y la Estructura de la Iglesia (1986).

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