María, mujer y madre del don

Maria, mulher e mãe do dom

La expresión que Jesús usa para dirigirse a María, «Mujer», aparece exactamente dos veces en el Evangelio joánico: en Caná (Jn 2,4) y en la Cruz (Jn 19,26). No es distanciamiento, como una lectura superficial podría sugerir, sino una designación teológica que inserta a María en la línea escatológica de las Escrituras: la «Mujer» de Gn 3,15. Cuatro pasajes bíblicos, Lc 2,35, Lc 2,41-51, Jn 19,25-27 y Hch 1,14, revelan cómo esta maternidad se desplegó en una entrega total: del sufrimiento personal a la misión eclesial en la Iglesia naciente.

«Mujer» es el título que Jesús da a María en Caná (Jn 2,4) y en la Cruz (Jn 19,26), no un distanciamiento, sino una designación teológica que la tradición interpretó como recapitulación de la feminidad bíblica. Este artículo examina los cuatro textos de Lucas, Juan y Hechos que revelan a María como madre llamada al sufrimiento, al abandono, a la acogida y al don de sí a la Iglesia naciente.

María, llamada a la maternidad y al sufrimiento (Lc 2,35)

Después del nacimiento de Jesús, el evangelista Lucas nos presenta a María con José y el Niño en dos episodios en Jerusalén.

El primero de esos episodios es la presentación en el templo, en obediencia a la Ley. De este episodio, muy rico y cuya explicación requeriría más espacio, escogemos solamente los versículos que se refieren directamente a María: «33 El padre y la madre de Jesús se maravillaron de lo que se decía de él. 34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: ‘He aquí que este niño está destinado a ser caída y elevación de muchos en Israel y signo de contradicción 35, y a ti una espada te traspasará el alma, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones’».

Estamos en el centro del primer episodio de la vida de Jesús en Jerusalén. Este detalle no es de importancia secundaria. En realidad, especialmente en la literatura profética, Jerusalén es simbólicamente identificada como la madre de todos los pueblos, el lugar de la redención futura de toda la humanidad, no solo de los judíos. Encontramos esas afirmaciones, por ejemplo, en Is 56,6-7, 66,18-21: la ciudad santa acogerá a las multitudes de sus hijos en los brazos de sus murallas, manifestando su maternidad universal y reuniendo a todas las naciones en el templo que está en medio de ella, en su seno (cf. Is 49,18-23, 50,1-22, 66,7-13, Bar 4,36-37, 5,5-6, Sal 87).

En la reinterpretación cristiana, la maternidad de Jerusalén se atribuye a María: mirando su humildad, Dios reafirmó Su preferencia por los humildes. Al hacer morada en ella, Él la convirtió en el nuevo templo, la nueva arca de la alianza. Naciendo de ella, Él estableció permanentemente Su morada en nuestra humanidad, abriendo el camino de la salvación para todos. Estas son las raíces bíblicas de la maternidad de María.

Pero en este episodio del evangelio de Lucas, María es una madre sometida a la Ley, con José, llevando a Jesús, el primogénito, al templo, para ofrecerlo a Dios. Ese acto va acompañado de la ofrenda de un par de tórtolas jóvenes, ¡como la propia Ley prescribe para las familias pobres! Recordamos aquí que la expropiación de la familia de Nazaret y el rito de purificación no acompañan la realidad de los descendientes de David y del parto virginal. Sin embargo, no es eso lo que más nos interesa ahora.

Lo que es más relevante para nosotros son las palabras que el anciano Simeón, lleno del Espíritu Santo, dirige a la joven esposa: «Una espada traspasará tu alma«. Hay diferentes interpretaciones de esta profecía: ciertamente podemos pensar en la vida difícil de esa madre, que según la tradición queda viuda pronto y es llamada a acompañar el crecimiento de un hijo definitivamente especial. Como veremos en el episodio que analizaremos en breve, las dificultades asociadas a esa tarea debieron de ser considerables.

La referencia más obvia de Simeón parece ser la cruz, aquella muerte cruel, violenta e injusta que María acompaña hasta el último suspiro de Jesús y que ciertamente significó para ella un dolor particularmente profundo, una herida interna que puede compararse a la causada por una espada. Sin embargo, me gusta también otra interpretación, ligada a un pasaje de la Epístola a los Hebreos, donde la Palabra de Dios es descrita como una espada de dos filos, que penetra articulaciones y médula (Heb 4,12).

María se abre al don de la maternidad divina, acoge en sí misma esa Palabra que se hace carne por medio de su carne. La Palabra de Dios está en ella desde el momento de su sí al ángel y permanece en ella para siempre, pues encontró en ella una morada segura. Incluso ante las dificultades que ella es llamada a afrontar, ante las incomprensiones a las que la maternidad la expone, ante las angustias de su corazón por no ser capaz de comprender plenamente quién es ese Hijo y lo que realmente significa ser su madre, María nos muestra su permanencia en la voluntad de Dios, que la Palabra manifiesta, mediante la actitud que Lucas destaca repetidamente: «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón«.

Esa Palabra de la cual ella es madre permanece en ella, es una espada que no la deja, pero también es la fuente de su fe y de su capacidad de entregarse con confianza al Misterio.

María, madre de un Hijo incomprendido (Lc 2,41-51): el episodio del Templo y el silencio de María

El segundo episodio en el que interviene la familia de Jesús en Jerusalén es el de la llamada «pérdida y hallazgo» en el templo, entre los doctores de la Ley. Este pasaje también exigiría una explicación más detallada. Podemos, sin embargo, encuadrarlo como un episodio «pascual«, pues ocurre en Jerusalén, donde se desarrolla la angustiosa búsqueda de Jesús, que encuentra satisfacción y paz al tercer día.

Pero, para nosotros, lo que más importa aquí es lo que emerge de la experiencia de María, al afrontar las dificultades de ser madre de un Hijo como Jesús:

«41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. 42 Cuando él tenía doce años, subieron para la fiesta, como era costumbre. 43 Pasados los días de la fiesta, cuando volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. 44 Pensando que él estaba en la caravana, hicieron un día de camino y lo buscaron entre parientes y conocidos. 45 Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca de él. 46 Después de tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos. 47 Todos los que lo oían estaban maravillados de su inteligencia y de sus respuestas. 48 Cuando sus padres lo vieron, quedaron muy admirados y su madre le dijo: ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando’. 49 Él respondió: ‘¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo estar en la casa de mi Padre?’. 50 Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. 51 Y bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón.»

Estamos nuevamente en Jerusalén, y las referencias proféticas mencionadas en el episodio anterior siguen en juego. Sin embargo, ahora Jesús tiene doce años, la edad en la que ocurre la entrada ritual en la comunidad de la sinagoga, en la vida adulta y consciente de la fe. Y de hecho, aquí Jesús manifiesta por primera vez la conciencia de su condición de Hijo obediente al Padre, una condición que alcanzará su punto culminante nuevamente en Jerusalén, en el momento de su entrega a la pasión y muerte.

El contexto de este episodio en Lucas, muchas veces ignorado porque se refiere a la infancia de Jesús, generalmente leído durante la Navidad, es, en realidad, un contexto pascual: estamos en la ciudad santa, Jesús se pierde y es encontrado después de tres días, todo esto sucede durante la Pascua judía. Ciertamente, todos esos elementos no fueron puestos juntos por casualidad, sino que quieren ofrecer una referencia adicional, la de la cruz. El acontecimiento narrado está bien contado: al regresar a Nazaret viniendo de Jerusalén, María y José advierten que Jesús no está en la caravana, vuelven y lo encuentran en el templo después de tres días de búsqueda y angustia.

Es interesante notar que, en el momento del encuentro, ¡quien habla con Jesús no es José, sino María! Y sus palabras son de reprensión, manifestando casi resentimiento, ciertamente incomprensión. La respuesta de Jesús, claro, permanece misteriosa para ellos: ¡ellos no pueden entender realmente lo que su hijo quiere decir con «ocuparse de las cosas» de su Padre! Por lo tanto, no nos sorprende el comentario de Lucas (v.50) que parece cerrar la discusión. Sin embargo, aunque el comportamiento de Jesús, su resistencia indebida al control de los padres y su respuesta muestren una independencia ya alcanzada y reivindicada ante su familia, el niño regresa a Nazaret con ellos y permanece sumiso durante muchos años.

Esto significa que el episodio no es tanto indicativo de un cambio consolidado, sino más bien una anticipación de lo que será su vida cuando Él comience a proclamar el reino de Dios presente y activo. Es importante también notar el esfuerzo de la búsqueda a la que los padres de Jesús se ven «obligados«. Es la búsqueda de un hijo amado y perdido, pero simbólicamente es la búsqueda de Cristo, que a veces se esconde, incluso en nuestras vidas. Esos son los momentos más difíciles en la vida de la fe, pero también las crisis que pueden llevar a un rejuvenecimiento de nuestro espíritu. Este es el tiempo de retorno a Jerusalén, como Lucas nos recuerda aquí: un retorno que significa conversión, aceptación de nuestra debilidad, para abrir espacio al misterio de Su Presencia.

De alguna forma, aquí, María y José también pasan por un proceso de conversión, pues son llamados a buscar al hijo y a reconocer que no lo comprenden y, más aún, que no lo contienen, pues Él es mayor que ellos. La llamada a la conversión no es forzada: está presente aquí: el retorno, la búsqueda, el descubrimiento, pero, sobre todo, la pregunta de Jesús («¿por qué me buscabais?«), que revela el deseo de Él, el significado de la búsqueda de fe. Debe subrayarse la fuerza de la figura de su madre, que toma la palabra para reprenderlo y, aun sin entender lo que ocurrió ni las palabras que Jesús le dirige, sigue siendo una mujer capaz de permitir que la espada de la Palabra penetre en ella, rasgue incluso sus límites, para habitar más plenamente en su corazón.

María, madre que acoge al discípulo amado (Jn 19,25-27): el testamento de Jesús y la maternidad eclesiológica

Aunque el pasaje anterior, como se ha mencionado, tenga una clara referencia pascual, la transición a este episodio es bastante abrupta, pues ahora estamos junto a la cruz, en el momento más doloroso de la experiencia de María como madre. El evangelista Juan coloca este episodio de la pasión en el centro de la narración, dándole relieve incluso por encima de la descripción de la muerte de Cristo en la cruz.

Hay muchas referencias en este texto al único otro pasaje en el que María está presente en el cuarto evangelio, el episodio de las bodas de Caná. Los puntos de conexión entre los dos momentos, aparentemente tan diferentes, están en el tema y en el uso del vocabulario. Pero antes de nada, leamos el texto, ciertamente muy conocido: «25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María, madre de Cleofás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y, al lado de ella, al discípulo a quien amaba, dijo a la madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. 27 Después, dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió consigo«.

¡Son solo tres versículos, pero son verdaderamente ricos! No nos detendremos a contar cuántas mujeres están bajo la cruz: como escribe el evangelista, podrían ser tres, pero también cuatro. Lo que importa es que María, la madre, esté allí (v.25). En la narración que se desarrolla, sucede algo que normalmente pasa desapercibido. Inicialmente, María es llamada «su madre«, la madre de Jesús; en el versículo siguiente, ella es simplemente «la madre«, sin otras especificaciones (v.26), pero, en las palabras de Jesús, que se dirige a Juan, ¡ella se convierte en «tu madre«, la madre del discípulo amado (v.27)!
De manera notable, solo con este pasaje marcado por la presencia (o ausencia) de diferentes adjetivos posesivos, el IV Evangelio nos dice que el paso de la maternidad divina de María a ser nuestra madre ocurre bajo la cruz y es por voluntad del Hijo, casi como un testamento final, una verdadera última voluntad. La traducción más correcta de la actitud de Juan no es «la acogió consigo«, sino «la llevó a su casa«: no leamos estas palabras como una descripción de posesión, como si fuera una objetivación de la madre. Leámoslas, en cambio, como la recepción de esa preciosa herencia que expresa la voluntad suprema, la más elevada y significativa, del Señor Jesús, al borde de la muerte. Mencionamos anteriormente las muchas semejanzas entre este episodio y el de las bodas de Caná de Galilea.

La primera palabra que conecta los dos momentos, aparentemente tan diferentes, de la vida de Jesús (y de María) es la manera en que Jesús se dirige a la madre: «Mujer«. En Caná, y quizá también aquí, esa expresión suena casi extraña, ya que es dirigida por el Hijo a la Madre. Pero en realidad, debemos entenderla en su sentido pleno, como la expresión de la plenitud del ser femenino que se manifiesta en María, la verdadera mujer, la mujer por excelencia. Es la mujer que, en Caná como bajo la cruz, representa a la Esposa del Verbo, a la humanidad entera. Jesús, el Esposo, es Aquel que da la vida por esa esposa, porque la ama «hasta el fin» (Jn 13,1). No puede haber desprecio en las palabras de quien está entregando hasta la última gota de su sangre para salvar incluso a aquellos que lo clavaron en la cruz.

En Caná, María pide vino. La resistencia inicial de Jesús se produce por un motivo: la hora aún no había llegado (Jn 2,4). Pero en la cruz la hora ha llegado, es la hora del misterio de la gloria, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Así, el don del buen vino, prefigurado por el signo en Caná, se cumple en el don de la sangre en la cruz (el vino es, claramente de forma eucarística, la sangre derramada de la que Jesús habla en la última cena). Como la hora ha llegado, no hay vacilación. Jesús realiza el verdadero signo, el signo definitivo de la muerte en la cruz, para ofrecer un vino que nunca se agota, un agua que sacia para la vida eterna (Jn 19,34, Jn 4,14).

Desde la cruz, María es dada como madre al discípulo amado. Pero todos nosotros somos discípulos amados, somos los «suyos» de los que habla el inicio del capítulo 13: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin«. Por lo tanto, en este discípulo, todos nosotros somos llamados a recibir a María en nuestras vidas, a acogerla como nuestra madre. ¡Podemos decir que, al aceptar la maternidad de María, reconocemos que somos discípulos amados!

De hecho, los versículos 26-27 siguen un «esquema de revelación» típico del IV Evangelio, marcado por una secuencia precisa: ver profundamente, hablar y constatar un resultado, un hecho que es revelado. Aquí, esto sucede así: Jesús ve a María y al discípulo amado, se dirige a ellos ¡y afirma lo que su palabra realiza: «He aquí«! El mismo esquema se encuentra, por ejemplo, en Jn 1,29, donde quien habla es Juan Bautista y el objeto de su revelación es Jesús mismo. Esas afirmaciones, por lo tanto, constituyen una «revelación«, un «desvelamiento«, son definiciones de naturaleza dogmática, en el sentido de que expresan una verdad absoluta. La verdad que Jesús revela aquí es el hecho de la maternidad de María respecto al discípulo amado y, como tal, respecto a la Iglesia.

Pero hay más: como ya hemos destacado la clara referencia al signo de Caná, que encuentra en Jesús en la cruz su pleno cumplimiento, ¡podemos decir que es precisamente desde la cruz desde donde el Hijo confía a la madre la tarea de introducir al discípulo en el misterio del amor crucificado! Es en ese misterio donde se funda nuestra fe, la fe de la Iglesia. Así, María es nuestra madre principalmente porque fue la primera en creer en el cumplimiento de las promesas, de las cuales la cruz es el signo más misterioso y sublime.

Para el discípulo, aceptar el don de la maternidad de María significa acoger su maternidad protectora, reconocer que, como madre del Verbo hecho carne, ella nos pertenece, está en nuestro ADN como fieles (entre nuestras pertenencias, precisamente, lo que nos es más querido, lo que es más nuestro). Para el IV Evangelio, la profecía de Isaías sobre la nueva Jerusalén, la madre que consuela a sus hijos (Is 66,13), se realiza en la maternidad de María que es la imagen de la maternidad de la Iglesia: en la Iglesia, como en la profecía, los hijos dispersos son reunidos en Cristo, todos aquellos que se abren a la fe a través de la maternidad de la virgen de Nazaret, que es madre, hija y esposa.

La maternidad de María debe ser una invitación a la unidad para sus hijos. Esto lo afirma el evangelista Juan mediante la referencia, que precede inmediatamente a nuestra escena, a la túnica que no fue dividida, mientras que las vestiduras fueron rasgadas (Jn 19,23-24). Rasgar las vestiduras tiene un significado simbólico de división entre el pueblo, causada por la infidelidad y por la corrupción. En su último gesto, desde la cruz, confiando la humanidad a la maternidad de María, el Señor nos recuerda la importancia de la unidad, una unidad que debe resultar de su sacrificio y por la cual él ora al Padre antes de afrontar la pasión (Jn 17,22-23).

Todas las divisiones que son un signo de la lucha entre los seres humanos, de la búsqueda mutua de afirmación a costa del otro, hacen de alguna forma vano el don de amor de Cristo. En María, que es el signo de una única maternidad que abraza a toda criatura humana, encontramos a aquella que nos guía en el camino de la unidad, no como anulación de las diferencias, sino como espacio de reconciliación en la fraternidad.

María en el Cenáculo de Jerusalén (Hch 1,12-14): la presencia orante en la comunidad apostólica antes de Pentecostés

El Evangelio de Juan nos dice que Jesús nos dio a su madre. Lucas nos la presenta dentro de la primera comunidad como una mujer «anciana» (Lucas no lo dice explícitamente, pero está claro que la presencia de María es la de una madre, más madura que los apóstoles), que está allí y reza: con la comunidad y por la comunidad.

Leamos el breve texto de los Hechos: «12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a una jornada de sábado. 13 Al llegar a la ciudad, subieron a la sala de arriba, donde acostumbraban reunirse: estaban Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote, y Judas, hijo de Santiago. 14 Todos ellos perseveraban unánimemente en la oración, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos«.

Hch 1,14 es el único versículo en el que se habla de María en el libro de los Hechos. Es muy importante, pero debe ser leído en su contexto inmediato y, de forma más general, en el contexto de los dos primeros capítulos de los Hechos, que están todos centrados en la espera y en el don del Espíritu en Pentecostés. En el centro del primer capítulo está la perícopa que incluye nuestro versículo, Hch 1,12-14.
En el versículo 12, tenemos la localización del relato en Jerusalén, en obediencia al mandato de Jesús antes de su ascensión (v.4). Además, el regreso a Jerusalén desde el monte de los Olivos es un vínculo evidente con la escena de la ascensión (vv. 9-11). El versículo 13, por su parte, enumera a los once, preparando el terreno para la reconstitución del grupo de los doce, que sigue a continuación (vv. 15-26). El capítulo 2 comienza con una referencia al mismo grupo (los doce con María), siempre reunidos en oración el día de Pentecostés, esperando el don del Espíritu, prometido «dentro de pocos días» en 1,5. Es un grupo sólido, unido por la fe común en las promesas de Cristo y por la práctica de la oración conjunta. Entre las mujeres, María se destaca como la madre de Jesús.
El vínculo entre 1,12-14 y 2,1-4 es particularmente fuerte y nos revela la dinámica esencial de la vida cristiana, la que implica la espera y la realización. La espera resulta de un mandato y de una promesa, que se cumple en el don. Pero el significado de todo esto se realiza en el testimonio que el Espíritu dado inspira en los discípulos, inmediatamente. Por lo tanto, la fuerza del Don prometido trae consigo la valentía del anuncio, para los doce.

¿Pero cuál es el anuncio, el testimonio de María?
Ella, a quien Juan ya había presentado como la madre de los vivientes, la madre del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, está aquí en el centro de la primera comunidad cristiana, revigorizada por el don del Espíritu. Con el descenso del Espíritu el día de Pentecostés, la tercera persona de la Trinidad inaugura el amanecer de los últimos tiempos, cuando la Iglesia, precisamente en ese don, se hace visible a los ojos del mundo.
¡Y el testimonio de María, la manera en que ella hace presente la presencia del Espíritu en ella, es la oración! La oración de la Virgen, en la Anunciación, así como en el cántico del Magnificat y en cada momento de su vida como madre, está caracterizada por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe.

La oración de María como cooperación única con el Espíritu: del Fiat (Lc 1,38) al cenáculo de Pentecostés (Hch 2)

La oración de María se nos revela explícitamente con este versículo de los Hechos (1,14) en lo que ya es el tiempo de la Iglesia, de la comunidad unida en nombre de Cristo y por el poder del Espíritu, una comunidad que se identifica en aquella que llevó en sí al Hijo, por el poder del Espíritu Santo. Pero podríamos decir que María no necesitaba Pentecostés, ese Don (el «Don de los dones«, como la Tradición lo llama) ya estaba obrando en ella desde el momento de su «sí» al mensaje del ángel.

Antes de la Encarnación del Hijo de Dios y antes de convertirse ella misma en el templo del Espíritu, su oración cooperaba de manera única con el plan de redención del Padre. Podemos afirmarlo porque todos sabemos, por experiencia, que no es algo que se improvise, la capacidad de confiar en Dios y entregarse a su voluntad.

En la fe de su «humilde sierva«, el Don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el inicio de los tiempos. Aquella a quien el Todopoderoso hizo «llena de gracia» (Lc 1,28) responde con la ofrenda de todo su ser: «Aquí estoy, soy la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Esa confianza en las manos de Dios es la esencia, el significado de la oración cristiana: ser enteramente para Él, ya que Él es enteramente para nosotros.

El día de Pentecostés, el Espíritu de la Promesa fue derramado sobre los discípulos, que «estaban todos juntos en el mismo lugar» (Hch 2,1), esperando, «perseverando unánimemente en la oración» (Hch 1,14). En el Espíritu, que instruye a la Iglesia y recuerda todo lo que Jesús dijo (Jn 14,26), se moldea la vida de oración de la Iglesia. En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo unigénito, en su Humanidad glorificada. Por medio de ella, nuestra oración filial entra en comunión, en la Iglesia, con la Madre de Jesús.

María en la historia de la salvación: Lumen Gentium 55 y la prefiguración en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento

Con referencia a la presencia de María en las páginas del Antiguo Testamento, el documento que resume el trabajo del Concilio Vaticano II, la Lumen Gentium, en el n. 55, se expresa de la siguiente manera:

«Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable tradición muestran de manera cada vez más clara la función de la madre del Salvador en la economía de la salvación y la presentan, por así decirlo, a nuestra contemplación. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación, en la cual lentamente se prepara la venida de Cristo al mundo. Esos documentos primitivos, cuando son leídos en la Iglesia y comprendidos a la luz de la revelación posterior y plena, destacan cada vez más claramente la figura de una mujer: la Madre del Redentor. Bajo esa luz, ella ya está proféticamente insinuada en la promesa hecha a los primeros padres caídos en pecado, sobre la victoria sobre la serpiente (cf. Gn 3,15). Del mismo modo, es ella, la Virgen, la que concebirá y dará a luz un Hijo, cuyo nombre será Emmanuel (cf. Is 7,14. Mt 1,22-23). Ella se destaca entre los humildes y pobres del Señor, que confían y reciben de él la salvación con fe. Y finalmente, con ella, la hija de Sión por excelencia, después de la larga espera de la promesa, se cumplen los tiempos y se establece la nueva «economía», cuando el Hijo de Dios asume de ella la naturaleza humana para liberar al hombre del pecado a través de los misterios de su carne»

En la Madre de Dios, encontramos la síntesis de todo lo que una mujer es: hija, esposa, madre, virgen. María es hija de Dios, pero también hija de Sión, es decir, una mujer judía que recibe la herencia de fe de las generaciones que la precedieron y la completa en su capacidad de acoger la voluntad de Dios en la obediencia de la escucha y de la fe.

Pero al mismo tiempo, ella es esposa, no solo la esposa de José. En las bodas de Caná, como bajo la cruz, encontramos en ella los signos de la esposa que confía en Cristo como esposo, que por amor da la vida. En su papel de esposa, María es una figura de la Iglesia, pero también de cada hombre y mujer que se abre a esa unión espiritual con Cristo que es el objetivo de todo camino de fe cristiana. Por lo tanto, todas las hijas de Israel y todas las esposas que encontramos nos ayudan a reconstruir la belleza del rostro de la esposa, que idealmente está en la belleza de la mujer del Cantar de los Cantares, pero de forma más concreta se sintetiza en la belleza de la virgen de Nazaret.

María es al mismo tiempo, de manera paradójica, esposa y virgen. No a causa de una superioridad en su humanidad (María es y sigue siendo una mujer, no es divina), sino debido a la abundancia de la Gracia derramada sobre ella y aceptada por ella con fe y llevada a la plenitud de sus frutos.

Finalmente, María, sobre todo, es Madre. Intentamos definirla como Madre del don, que ciertamente es Jesús, pero también es el Espíritu, la Iglesia, es cada persona que sabe y desea abrirse a su corazón materno, para aprender a hacer de toda su vida un don.

María recibe la profecía de Simeón, ella sabe que su vida como joven madre estará marcada por el sufrimiento, un sufrimiento profundo, como una herida abierta: «Señor, tu Palabra es una herida abierta, también en nuestras vidas, si la dejamos penetrar en nosotros con todo su poder. Danos la valentía de decirte sí, de ponernos constantemente en escucha, de dejarnos herir por Ti y de ser curados por el calor de tu Amor«.

No debió de ser fácil tener un hijo adolescente como Jesús. Ciertamente, no debemos pensar en la condición de adolescencia que caracteriza nuestra época, pero el episodio de Jesús que se queda en Jerusalén nos ofrece un cuadro de una situación compleja, en la que María, así como José, parece no encontrar la clave correcta para entender. Los padres de Jesús necesitan buscarlo, necesitan afrontar la angustia de haberlo perdido. Así también nosotros somos llamados a buscarlo, cada vez que percibimos que el miedo, la ansiedad y la dificultad de afrontar las incertidumbres que la vida nos presenta están creciendo en nosotros. Pero sabemos que Tú estás ahí, Señor, sabemos que, si te buscamos, te dejarás encontrar y nos devolverás la paz.

Bajo la cruz, bañada en su sangre, María contempla a aquel Hijo único, amado y ahora humanamente perdido, en aquella muerte violenta, sin sentido e inexplicable. Pero ella permanece allí y sigue siendo un don, permanece allí porque cree y espera:

En nuestras cruces, Señor, haz que sintamos a María a nuestro lado, como Madre que no nos olvida, que nos entiende porque supo entenderte a Ti. Haz que también nosotros aprendamos de la cruz la belleza de entregarnos, el valor de la humildad de quien sabe hacerse pequeño. Haz que aceptemos a María como nuestra madre, como parte de nosotros, siempre.

La ascensión de Jesús está precedida por la promesa del Espíritu. Con la primera comunidad, María cree en la promesa y espera en oración, aunque ya fuera templo del Espíritu. Y ella hace siempre plena y significativa su presencia porque es la madre que guarda en su corazón orante a los hijos que el Hijo le confió. Nosotros recibimos el Don de los dones y todavía lo recibimos en los sacramentos. Haz, Señor, que tu Espíritu ore en nosotros, como en María, que haga de nosotros personas que viven de Ti, conTigo y para Ti, en la alegría de una vida entregada por amor.

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El título «Mujer» con que Jesús se dirige a María en Caná (Jn 2,4) y en la Cruz (Jn 19,26), no es un distanciamiento afectivo: es una designación teológica que evoca a la mujer del Génesis (Gn 3,15) y anticipa la maternidad espiritual universal. La Lumen Gentium 55 y la Encíclica Redemptoris Mater (Juan Pablo II, 1987) profundizaron este nexo entre la maternidad divina de María y su misión eclesiológica como madre entregada a la Iglesia en la Cruz.

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