Devolved al Señor lo que es del Señor: María y su total consagración a Dios

Devolved lo que es de César a César y lo que es de Dios a Dios.
Mc 12,17
La cuestión del tributo a César (Mc 12,13-17) es una de las más famosas trampas que los adversarios de Jesús intentaron tenderle: una cuestión política con implicaciones religiosas, armada de tal manera que cualquier respuesta pareciera problemática. Jesús escapa con una respuesta que distingue dos dominios, el de César y el de Dios, pero que, leída en profundidad, pone el acento decisivo en el segundo: «Dad a Dios lo que es de Dios». La mariología encuentra en este mandato el fundamento de una espiritualidad de consagración total: María, que en el «fiat» devolvió a Dios todo lo que le pertenecía, es el modelo de la criatura que comprendió lo que significa «dar a Dios lo que es de Dios».
I. Reddite deo: la trampa y la sabiduría de Jesús
La pregunta de los fariseos y herodianos era sofisticada: el tributo a César en moneda romana era un tema sensible en Palestina ocupada. Pagar era colaborar con el ocupante. Rechazar era rebelión política. Jesús pide que le muestren la moneda, observa la imagen de César y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». La respuesta, «De César», prepara la conclusión: «Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios».
La aparente separación de dominios que Jesús propone no es una doctrina laicista de separación entre religión y Estado, sino una afirmación más radical: hay un dominio de Dios que no puede ser invadido por ningún César. Este dominio de Dios incluye, en última instancia, todo lo que tiene la «imagen» de Dios, es decir, el ser humano (Gn 1,26-27). La moneda tiene la imagen de César. El ser humano tiene la imagen de Dios. «Dar a Dios lo que es de Dios» significa, en última instancia, devolver a Dios el ser humano entero.
La sabiduría de Jesús en esta respuesta no es solo retórica, es teológica: rechaza tanto el clericalismo que quiere fusionar lo político con lo religioso, como el laicismo que quiere excluir a Dios del dominio público. Hay un ámbito legítimo de César. Pero este ámbito está siempre subordinado al ámbito más fundamental de Dios. Ningún César puede reclamar lo que pertenece a Dios, y lo que pertenece a Dios es el ser humano hecho a su imagen.
La respuesta de Jesús provoca «asombro» en sus interlocutores (Mc 12,17). Este asombro no es solo por la habilidad retórica, sino por una sabiduría que va al corazón de las cuestiones sin quedar atrapada en falsas alternativas. Esta sabiduría tiene un ícono mariano: el «Sedes Sapientiae», el Trono de la Sabiduría, que es María, quien generó la Sabiduría y que fue modelada por ella a lo largo de su vida.
II. «Imago dei»: el ser humano que pertenece a Dios
Gn 1,26-27: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (…) creó Dios al hombre y a la mujer».«Imagen de Dios» (imago Dei) en el ser humano no humano es el fundamento bíblico de la dignidad humana: el ser humano no es propiedad de César ni de ningún otro poder humano, es «de Dios», hecho a su imagen. «Dar a Dios lo que es de Dios» significa, en última instancia, reconocer esta origen y este destino: somos de Dios y para Dios. El «Reddite Deo» de Jesús interpreta la imago Dei como una vocación de pertenencia total.
La tradición patrística, en particular Agustín en el De Trinitate y Gregorio de Nisa en el De Hominis Opificio, desarrolló la teología de la imago Dei con gran profundidad: la imagen de Dios en el ser humano no es solo un privilegio ontológico, es una vocación dinámica. Somos «imagen» de Dios no de modo estático sino procesual: la gracia va restaurando progresivamente la imagen desfigurada por el pecado, hasta la plena semejanza que la visión beatífica consumará.
María es, en la tradición, la criatura en quien la imago Dei se realizó más perfectamente. La Inmaculada Concepción no es la supresión de la humanidad de María, sino su realización más plena: María sin pecado original es María más plenamente «imagen de Dios», sin la desfiguración que introduce el pecado. Ella que fue preservada de esta desfiguración es la que más completamente «dió a Dios lo que es de Dios», porque en ella la imagen de Dios no estaba obscurecida.
La conexión entre imago Dei y la cuestión del tributo abre una perspectiva inesperada: al igual que la moneda marcada con la imagen de César pertenece a César, el ser humano marcado con la imagen de Dios pertenece a Dios. Esta pertenencia no es servidumbre, es la condición de la libertad más profunda: pertenecer a Dios es ser libre de toda esclavitud humana. María, que pertenecía totalmente a Dios, era absolutamente libre de toda dependencia que no fuera la dependencia filial del amor.
III. El «Fiat» de María como «Reddite Deo»
Lc 1,38: «Hágase en mí según tu palabra». Este «fiat» de María es la expresión más perfecta de «reddite Deo quae sunt Dei»: ella devuelve a Dios todo lo que es de Dios, su libertad, su cuerpo, su futuro, su propia comprensión de lo que su vida debería ser. El «fiat» de María no es la resignación pasiva de quien no tiene elección, es el acto más libre de la historia humana, por el cual ella «entrega» a Dios lo que le pertenece.
La estructura del «fiat» tiene dos momentos: primero, el reconocimiento («Ecce ancilla del Señor», Lc 1,38a), que es el reconocimiento de que ella pertenece a Dios. Segundo, la entrega («Hágase en mí según tu palabra», Lc 1,38b), que es la devolución activa y libre de lo que pertenece a Dios. Estos dos momentos, reconocimiento y entrega, son la estructura de toda la espiritualidad cristiana de consagración. El «Reddite Deo» del Evangelio encuentra en el «fiat» mariano su forma humana más perfecta.
La tradición de la consagración a María, en particular la de San Luis María de Montfort, se fundamenta precisamente en esta lógica: consagrarse a María es aprender a «dar a Dios lo que es de Dios» con la misma radicalidad con que María lo hizo. La consagración a María no es la sustitución de Dios por María, es el reconocimiento de que María, que dio todo a Dios más perfectamente que cualquier otro ser humano, es el mejor «camino» para aprender a dar a Dios lo que le pertenece.
El calendario litúrgico reserva el sábado de modo especial para María, y esta devoción del sábado tiene una resonancia bíblica: el sábado es el día del «descanso en Dios», el día en que el ser humano, deteniéndose de trabajar, reconoce que no es el señor de la creación, sino su administrador. María, que «descansó en Dios» de la manera más total con su «fiat», es la figura del sábado cristiano: la criatura que dejó de ser el señor de su propio destino y se entregó al Señor verdadero.
IV. César y Dios hoy: María en el mundo secularizado
La cuestión «el tributo a César» tiene una versión contemporánea que la mariología debe abordar: en un mundo secularizado, donde el «César» moderno, el Estado, el mercado, la opinión pública, reclaman cada vez más dominios que antes se reservaban a Dios, el mandato de Jesús «dai a Dios lo que es de Dios» es una resistencia cultural necesaria. Hay un ámbito de la existencia humana que no puede cederse a ningún César: la conciencia, la dignidad, la vida, el amor.
María, que vivió bajo la dominación de un César real (el Imperio Romano, que fijó el censo que la llevó a Belén, Lc 2,1), no fue definida por César. Su identidad no provenía del censo, ni de su condición social, ni de su posición en el Imperio, sino de su relación con Dios. El «Reddite Deo» mariano es una resistencia espiritual al «César» moderno: libertad interior de los «pobres de Javé» (Anawim) en un mundo en el que el «César» moderno tiende a colonizar toda la existencia.
El «dar a Dios lo que es de Dios» tiene, en la cultura contemporánea, una aplicación específica en el ámbito de la libertad religiosa: la pretensión de algunos Estados modernos de regular la conciencia religiosa, de definir lo que es o no es práctica religiosa legítima, de reducir la fe a un asunto privado sin impacto público, son exactamente las pretensiones de un «César» que reclama lo que pertenece a Dios. María, que vivió su fe de manera totalmente pública (el Magnificat es una proclamación política) y al mismo tiempo totalmente libre y no coactiva, es el modelo de una fe que «da a Dios lo que es de Dios» sin ser domesticada por César.
El legado de San Felipe Neri, cuya memoria se celebra hoy, es particularmente relevante: él, que fundó el Oratorio en Roma en el siglo XVI, en un contexto de intensas tensiones políticas y religiosas, eligió la vía de la alegría, la cultura, la oración y el servicio como forma de «dar a Dios lo que es de Dios» sin enfrentamiento directo con el poder. Esta vía, que tiene en María su inspiración última, es la vía del testigo que no se deja definir por César, pero tampoco busca un conflicto estéril.María, que al decir «sí» devolvió todo a Dios lo que le pertenecía, es el modelo perfecto de quien comprendió el mandato de Jesús: «Dad a Dios lo que es de Dios», la totalidad del ser humano hecho a su imagen.
Referencias
- San Agustín, De Trinitate, XIV-XV.
- Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 14 (1987).
- San Luis María de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 121-133.
- J. Gnilka, Das Evangelium nach Markus, vol. II (1979).
- Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 12 (1965).
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