Dejad que los niños vengan a mí: San Domingo, el Rosario y María, madre de los pequeños.

Sinite parvulos venire ad me: s. Domingos, o rosário e Maria mãe dos pequenos
Dejad que los niños vengan a mí y no se los detengáis; porque de tal manera es el reino de los cielos.
Mt 19,14-15
Este breve episodio de Mateo 19,13-15 presenta a Jesús recibiendo a niños para bendecirlos, mientras que sus discípulos intentan apartarlos. Jesús reprende a los discípulos y acepta a los niños. La frase «dejad que los niños vengan» (en latín: *sinite parvulos*) no es solo un consejo pastoral sobre la catequesis infantil, sino una reafirmación del principio de Mateo 18,3: «Si no os convertísis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos». Los niños no son simplemente un grupo social al que Jesús acepta por compasión, sino que representan la forma de recibir el Reino que Jesús ha enseñado desde el inicio de su ministerio eclesial.El 8 de agosto se celebra la Fiesta de San Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de la Orden de Predicadores (Dominicos) y figura clave en la historia de la devoción mariana, especialmente en lo que respecta al Rosario. La coincidencia litúrgica entre «dejad que los niños vengan» de Mateo 19,14 y la fiesta del fundador del Rosario es teológicamente rica: el Rosario es, precisamente, una forma de «dejar venir» al Señor, no a través de la fuerza del razonamiento teológico, sino mediante la contemplación simple y repetitiva de los misterios de Jesús con los ojos de María, «como niños».

I. «Dejad que los niños vengan»: el reino de quienes no tienen nada

«Dejad que los niños vengan y no se los detengáis» (Mt 19,14), la frase «no se los detengáis» (μὴ κωλύετε) es un verbo técnico en la tradición bautismal: el mismo verbo utilizado por el eunuco etíope al preguntarle a Felipe: «¿Qué impide que yo sea bautizado?» (Hech 8,36), y por Pedro cuando dice: «¿Quién podrá impedir que estos sean bautizados?» (Hech 10,47). «Dejad que los niños vengan» anticipa la teología del Bautismo: los niños reciben el Bautismo porque su incapacidad de merecer es el modelo de la gracia; no se ganan la salvación, la reciben como niños.«Porque de tal manera es el reino de los cielos» (Mt 19,14), la pertenencia al Reino se define no por la grandeza, sino por la semejanza con el niño. Esta «semejanza» no es cronológica (ser nuevo) sino disposicional: la apertura sin resistencia, el reconocimiento de la dependencia, la incapacidad de autosuficiencia que dispone para recibir. «Tal es, en efecto, el reino de los cielos» es la clave de toda la pedagogía de Jesús sobre el Reino: no «los fuertes merecen el Reino», sino «el Reino pertenece a quienes son como niños».La imposición de manos con la que Jesús bendice a los niños (Mt 19,15) es un gesto profético, idéntico al utilizado en la tradición para la ordenación, la confirmación y la unción de los enfermos. Cuando Jesús impone las manos sobre los niños, no los trata como objetos de piedad, sino como sujetos de bendición: portadores de una gracia que los adultos necesitan recuperar. El niño que recibe la bendición de Jesús es, paradójicamente, el que transmite el mensaje más esencial del Reino a los «adultos» que lo trajeron.

II. San Domingo y el Rosario: contemplar como niños

Domingos de Gusmán nació en Caleruega (Castilla) en 1170 y fundó en 1216 la Orden de los Frailes Predicadores, dedicados a la predicación a través de la pobreza, la oración y el estudio. Su figura está inextricablemente ligada al Rosario: la tradición dominica atribuye a Domingo la recepción del Rosario de manos de la Virgen María como una «arma» contra la herejía albigense en el sur de Francia. La historicidad de esta tradición es debatida, pero el papel de los dominicos en la difusión y codificación del Rosario es innegable: San Luis de Montfort, San Pío V (que atribuyó la victoria de Lepanto al Rosario), el Beato Álvaro de Córdoba, todos fueron dominicos.El Rosario como práctica contemplativa es el equivalente adulto de «sinite parvulos»: una oración que no requiere erudición teológica, ni capacidades intelectuales avanzadas, repitiendo las mismas palabras simples (Ave María) mientras el corazón contempla los misterios de Jesús. Esta estructura, la repetición externa que libera la atención interna para la contemplación, es precisamente la «lógica de la infancia» descrita en Mateo 19,14: la disponibilidad que no conquista sino recibe, que no elabora sino contempla, que no demuestra sino simplemente «se queda» con Jesús y María.

III. María y San Domingos: la predicación que nace de la contemplación

La espiritualidad dominicana tiene una fórmula que sintetiza la vocación de Domingo: «contemplata aliis tradere», transmitir a los demás lo que se contempló. Esta fórmula, en su estructura profunda, es la fórmula de la maternidad espiritual de María: ella que «contemplaba y guardaba en su corazón» (Lucas 2,19) y «transmitía» por su presencia e intercesión lo que contempló. La Orden de los Predicadores fundada por Domingo toma a María como su modelo contemplativo, no solo como una protectora devocional, sino como la maestra de priorizar la contemplación sobre la acción.La relación de Domingo con María está documentada en la hagiografía: su madre, antes del nacimiento, vio un perro con una antorcha saltando de su seno y iluminando el mundo, una imagen profética del predicador que iluminaría a la Iglesia. Domingo veía en María a la Reina de los Predicadores, a quien «anunció» el Evangelio a Isabel durante la Visitación, conservando la Palabra para transmitirla, y anticipando en Caná el ministerio público del Hijo. El Rosario que Domingo difundió es, en este sentido, una escuela de «contemplata tradere»: contemplar los misterios con María para transmitirlos a través del testimonio de vida.La frase «sinite parvulos» de Mateo 19,14 aplicada a la espiritualidad dominicana revela el paradox de la predicación cristiana: la predicación más eficaz nace no de la erudición sino de la contemplación simple, ser «como un niño» ante los misterios de Jesús. Domingo, que estudió teología con rigor, no predicaba a partir de su erudición, sino desde su oración: sus «siete modalidades de oración» (documentadas en la tradición dominica) eran todas formas de «sinite parvulos», permitiendo que el cuerpo y el alma se abran al Señor sin complicadas mediaciones.

IV. María madre de los pequeños: el sábado como memorial de su protección

Este sábado es también, en la devoción tradicional, el Sábado de la Bienaventurada Virgen María, la memoria semanal de María que se remonta a la Edad Media y que la liturgia conserva como «memoria» facultativa los sábados sin fiesta propia. La coincidencia del Sábado mariano con la fiesta de San Domingo y el evangelio del «sinete parvulos» crea un marco devocional coherente: María que protege a los pequeños (Sábado BVM), que enseña a contemplar como niños (Rosario de Domingo), y que intercede por quienes «dejan venir» al Hijo (Mt 19,14).

La protección de María sobre los «pequeños» es un tema que recorre la devoción mariana desde el «sub tuum praesidium» (siglo III) hasta las expresiones contemporáneas de la devoción popular. María como «Madre de los pobres» (título de Nuestra Señora de Fátima), «Madre de los humildes» (Dicionario Mariológico: Magnificat), «Madre de los niños» (devoción a Nuestra Señora del Perpétuo Socorro), son facetas de la misma realidad teológica: ella que generó al Hijo que dijo «sinete parvulos» es la madre de todos los que a Él «vienen» como niños.

El Rosario que San Domingo difundió y que la Iglesia confirmó como forma privilegiada de oración mariana es, en su esencia, un «sinete parvulos» rezado: una oración que acoge los misterios de Jesús como un niño acoge el presente, sin analizarlo, sin demostrarlo, simplemente recibiéndolo con gratitud y alegría. Rezar el Rosario con María es hacer lo que Jesús pidió: «dejar venir» al Señor, sin los obstáculos de la autosuficiencia adulta, con la apertura de quien sabe que «del Reino de los Cielos es de quienes son como ellos».

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