Nuestra Señora de Copacabana, la morena del Titicaca

Nossa Senhora de copacabana, la morena do titicaca

«Bella como la luna, resplandeciente como el sol, imponente como un ejército en orden de batalla» (Cantar de los Cantares 6,10), «Bela como la luna, brillante como el sol, imponente como un ejército en orden de batalla»

I. Bela como la luna, resplandeciente como el sol: la belleza nupcial del Cantar de los Cantares

El Libro de los Cantos es la obra bíblica que la tradición cristiana mariana ha leído desde los primeros siglos como una de las anticipaciones poéticas más ricas del misterio de María. Las imágenes nupciales que describen a la Esposa, su belleza única, su misterio inexplicable, fueron aplicadas por los Padres de la Iglesia simultáneamente a Cristo y a su Iglesia, y también simultáneamente a María como icono perfecto de esta Iglesia-esposa. El verso central del capítulo seis sintetiza esta belleza con palabras de una fuerza extraordinaria: «Bela como la luna, resplandeciente como el sol, imponente como un ejército en orden de batalla» (Cantar de los Cantares 6,10). Esta tríada describe una belleza que no es solo estética: es una belleza simbólicamente densa. La luna refleja la luz del sol sin consumirse en él. El sol es fuente de luz propia. Un ejército en orden de batalla expresa fuerza, dignidad y victoria. Y es precisamente esta belleza triple, reflejada del Hijo que es Sol, fuente misma de luz materna que ilumina a los hijos, y firme como un ejército que protege a sus propios, la que se manifestó históricamente de manera extraordinaria en el santuario boliviano de Copacabana, en la península sagrada del Lago Titicaca, donde una imagen mariana tallada por un descendiente de la nobleza inca se convirtió en símbolo de la identidad espiritual de toda una nación andina.

II. Copacabana, 1583: Tito Yupanqui, el descendiente inca que talló a la Madre de los Andes

Francisco Tito Yupanqui era un noble aimara, descendiente directo de la casa real inca de los Yupanqui, que vivía en la región de Copacabana, en la península sagrada del Lago Titicaca, donde antes de la llegada de los españoles se encontraba el templo del Sol y el santuario precolombino más venerado de toda la región andina. Convertido al cristianismo, Tito Yupanqui sintió el deseo de ofrecer a su aldea natal una imagen de la Virgen María. Pero sus primeros intentos, sin formación artística, fueron tan rudos que el obispo le prohibió continuar, considerándolos indignos de veneración pública. Tito Yupanqui no se rindió. Caminó como un peregrino aimara hasta la ciudad de Potosí y luego hasta Chuquisaca (la actual Sucre), y allí aprendió durante años el arte de la escultura policromada con maestros españoles. En 1582, finalmente terminó una imagen tallada en madera de maguey, representando a María con el Niño Jesús en sus brazos. La imagen, tallada según el modelo iconográfico de Nuestra Señora de la Candelaria, fue llevada en procesión a Copacabana, donde fue entronizada el 4 de febrero de 1583. Los aimaras, que habían mantenido durante décadas un sincretismo difícil entre las antiguas devociones incas y la fe cristiana, acogieron a la Virgen morena de Tito Yupanqui como su Madre definitiva. En torno a ella creció el santuario que se convertiría en el corazón espiritual del altiplano boliviano. El Papa Pío XI autorizó la coronación canónica en 1925, y el Papa Juan Pablo II visitó Copacabana en 1988. Nuestra Señora de Copacabana es hoy la Patrona de Bolivia.

III. La Anunciación en Nazaret: la elección mariana de los lugares periféricos

El Evangelio de Lucas que acompaña esta celebración presenta la Anunciación, lectura paradigmática para entender la lógica de la elección divina de lugares y personas. «El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José» (Lc 1,26-27). Nazaret era un pueblo despreciado de Galilea, Galilea era una región marginada de Palestina, y Palestina era una provincia marginada del Imperio Romano. Y fue precisamente en este triple desprecio donde Dios eligió hacerse carne. Esta lógica veterotestamentaria y neotestamentaria, en la que Dios prefiere las periferias a los centros, encuentra en Copacabana una manifestación espacial particularmente elocuente. Tito Yupanqui no talló su imagen para una catedral colonial: la talló para su pueblo natal aimara, en la península sagrada de un lago a tres mil ochocientos metros de altitud, en el corazón del altiplano andino. Y fue precisamente en esta periferia geográfica y cultural donde la Madre eligió ser Patrona de toda una nación. La lógica de la Anunciación se repite en los Andes como si hubiera ocurrido en Nazaret: lo que es despreciado por los hombres es elegido por Dios para manifestar su gloria.

IV. Copacabana y la mariología andina: síntesis aimara-cristiana

La devoción a la Virgen de Copacabana representa, en la historia religiosa del altiplano andino, una síntesis teológica y cultural de extraordinaria importancia. Antes de la llegada de los españoles, la península de Copacabana era uno de los principales centros religiosos del imperio inca, dedicado al culto al Sol y a la sacralidad del Lago Titicaca, considerado por los aimaras y los quechuas como el lugar del nacimiento del mundo. La imposición abrupta del cristianismo por parte de los colonizadores no logró borrar esta arraigada herencia religiosa ancestral. Lo que sí consiguió, a lo largo de generaciones, fue un encuentro más sereno mediado por la imagen tallada por Tito Yupanqui: una Madre morena, con rasgos que los aimaras reconocieron como propios, colocada en el lugar donde antes se invocaba al Sol, y que se presentó como Madre de todos los hijos de aquel altiplano. Esta inculturación no es sincretismo en el sentido peyorativo: es lo que el Concilio Vaticano II describió como la capacidad de la fe cristiana para «asumir las riquezas de las culturas de los diversos pueblos y purificarlas, fortalecelas y elevarlas» (Lumen Gentium, 13). Copacabana es la versión andina de esta capacidad. La Madre morena tallada por Tito Yupanqui hace más de cuatro siglos no destruyó la memoria aimara: la redirigió hacia su cumplimiento cristiano. Y aún hoy, millones de fieles bolivianos, peruanos y del norte argentino suben a los tres mil ochocientos metros del santuario de Copacabana para venerar a la Madre que eligió el corazón geográfico de los Andes como su morada permanente, señal de que la belleza del Hijo continúa reflejándose en la madre terrenal que lo generó, en todas las latitudes donde su palabra es recibida.

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